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Hechos y relaciones
Rodolfo Walsh, los piqueteros fusilados y las Madres, en
un ida y vuelta interminable
"Lo único que poseemos los compañeros, en abundancia, aparte del
amor por la lucha, es libertad en la memoria y muchos, muchos recuerdos", dice
Carlos, del MTD de Solano, mientras habla en un acto de homenaje a Darío
Santillán y Maximiliano Kosteki, los dos piqueteros fusilados el miércoles
26 de junio en Avellaneda, al sur del sur.
Carlos Ramírez, que ese es su nombre, habla así en representación
de su dolor como furia y compromiso renovado. Conocía de cerca a Darío
Santillán porque compartía con él varios proyectos comunitarios
emprendidos por su organización piquetera. Ahora, confiesa, "quisiera
regalarte algo, algo simple pero muy nuestro. Tú sabes que no tenemos
muchas cosas, Darío... De hecho es muy poco lo que tenemos: aparte del
amor por la lucha, tenemos libertad en la memoria y muchos, muchos recuerdos..."
Los recuerdos. Varios años antes que sean Darío, Maximiliano y
la memoria frondosa de Carlos Ramírez, Rodolfo Walsh escribió
así a su hija María Victoria, Vicki, muerta heroicamente en combate
contra 150 efectivos del ejército, un tanque y un helicóptero:
"No podré despedirme de vos. Vos sabés por qué. Nosotros
morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria.
Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida
mía".
La memoria, los recuerdos, esa íntima y última victoria popular
contra los asesinos y su corte de policías, periodistas y jueces. El
Poder tiene el poder pero nunca jamás podrá contener la ternura
popular ni su consecuencia en rebeldía y solidaridad. Vendrán
lluvias, rocíos, la inmunda impunidad, y no podrán lavar la sangre
de los compañeros caída en las calles, las selvas, las estaciones
de tren, mientras luchaban.
¿Sabían Maximiliano y Darío al caer fusilados por la espalda,
que otros piqueteros irían a acunarlos, celebrarlos, en sus recuerdos
con piedras en la mano y tuercas? ¿Acaso no eran ellos el recuerdo vivo de otras
vidas donadas en sangre insurgente a la revolución? Cuando Darío
se detuvo en su repliegue estratégico para auxiliar el cuerpo herido
de Maximiliano, ¿no se agacharon junto a él los treinta mil desaparecidos
muertos en la sala de tortura sin que el enemigo pudiera sacarles una sola confesión,
ni el nombre ni la dirección de sus otros compañeros? ¿Se imaginaban
Darío y Maximiliano que estaban defendiendo la vida con su muerte así?
La práctica de la memoria de los pueblos no tiene nada que ver con los
fallutos homenajes oficiales. La memoria de los pueblos es insumisa y rebelde,
no toca el himno nacional ni hace silencio. La memoria de los pueblos canta
y sueña sueños de justicia sin importarle la opinión de
los poderosos.
En Argentina, el Estado terrorista que desapareció a 30.000 revolucionarios
tiene el tupé de ofrecerles plata en bonos a los familiares de los desaparecidos
para empatar la impunidad. Ese Estado, éste, es el mismo que asesinó
a Maximiliano y a Darío. Por eso, los pueblos no saben nada de plata
ni plaquetas póstumas, ni de minutos de silencio para reivindicar a sus
héroes, sus mártires. Los muertos del pueblo jamás tendrán
olor a difunto. Ellos siempre estarán en sus deseos, en sus rabias cotidianas,
se levantarán a la mañana con el pueblo y allí vivirán
hasta que sea noche. A la mesa servida con sopa pobre y pedazos duros de pan,
todos se pondrán serios cada vez que alguien los recuerde. Los luchadores
caídos son los ejemplos que alientan al pueblo a seguir apretando fuerte
los dientes y a continuar con la resistencia y la dura batalla por cambiar la
vida.
"Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan
historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada
lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia
colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así
como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las
otras cosas. esta vez es posible que se quiebre ese círculo", eso también
dijo Rodolfo Walsh muchos años antes que los trabajadores no tengan trabajo
y deban cortar las rutas y los puentes del país en reclamo de empleo
y comida. Sin embargo, tenía razón. No son iguales las condiciones
de las luchas, pero esta vez sí se quiebra el círculo: la experiencia
colectiva se acumula y las lecciones se aprenden. Los recuerdos de Carlos Ramírez
hacia su compañero fusilado son dichos en la Universidad Popular de las
Madres, al sol de una hilera de pañuelos blancos que lo escuchan disertar
sobre Darío Santillán. En una misma escena, adentro de una emoción
profunda, dolorida pero esperanzaza, se juntan tres generaciones de luchadores
y el mismo sueño de la rebelión, soplando su deseo y su razón
desde el fondo de los siglos que hace que hay historia.
Para Carlos Ramírez, "el criminal es policía y juez, y las víctimas
están en la cárcel. Y el corrupto mentiroso gobierna. Y la lucha
social es perseguida como enfermedad. Y los luchadores estamos encerrados y
los ladrones corruptos están sueltos. Y el ignorante imparte cátedra,
y el sabio es ignorado, y el intolerante represor cobra un sueldo para reprimir,
y el ocioso tiene riquezas, y el que trabaja nada tiene, y los menos mandan,
y los más obedecemos, y el que tiene demasiado tiene más, y el
que tiene poco tiene nada, y se premia al malo y se castiga al bueno. Se da
homenaje a la policía represora, y se pasa desapercibidos a los muertos
sociales".
Los piqueteros no tienen trabajo pero no se chupan el dedo viendo cómo
pasa la muerte y se lleva a sus hijos a upa del hambre y la fiebre. El enemigo
sigue y está claro, pero el pueblo anda en la calle otra vez. Pasaron
años, muertes, mentiras, gobernantes civiles y de los otros, y la revolución
no deja de crecer en el declive ascendente de la historia.
Demetrio Iramain
Buenos Aires, 7/07/02