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La Izquierda debate

Texto presentado al Encuentro Internacional "Civilizaci�n o Barbarie". Serpa, Portugal, septiembre de 2004

Elogio de la disidencia

Iroel S�nchez Espinosa
La Jiribilla

Internet, aunque tambi�n invadida por las grandes empresas, ha brindado a los movimientos sociales la posibilidad de colocar con inmediatez y a muy bajo costo la informaci�n que oculta la inundaci�n medi�tica. Pero es necesario tejer en la pr�ctica las redes que han surgido en Internet. El intercambio de publicaciones, la circulaci�n de libros, la coordinaci�n entre las peque�as editoriales, entre las radios y televisiones comunitarias, resultan acciones urgentes e imprescindibles. Unir lo peque�o desde donde se resiste la hegemon�a imperial y levantar lo grande, all� donde avanza la hegemon�a revolucionaria

Grandes ilusionistas
con haza�as de alarde,
dicen que son altruistas
los cobardes.

Silvio Rodr�guez

"Es el ejercicio de la democracia lo que hace que nuestra naci�n est� lista para la democracia"1, nos dijo, en la mejor imitaci�n de Cantinflas, el Sr. George W. Bush el pasado 6 de noviembre. Sin embargo, en esta ocasi�n su discurso pas� sospechosamente inadvertido para los habituales recolectores de "bushismos" del Partido Dem�crata. El cumplea�os 20 de la National Endownment for Democracy (NED) fue celebrado as� con un nuevo Plan de Democratizaci�n para Oriente Medio. La prensa norteamericana reflej� el acto sin buscar antecedentes ni hacer alusiones inc�modas a la condici�n de canal financiero de la CIA que ostenta la NED desde su nacimiento, como recogi� en su momento el New York Times y han denunciado diversos intelectuales norteamericanos. Meses despu�s, el dem�crata Jonh Kerry hizo honor a su filiaci�n y anunci� que aumentar� los fondos para la misma fundaci�n. Ni Bush ni Kerry, ni tampoco el ya citado Times, recordaron al innombrable Oliver North, art�fice de la NED y del Ir�n�Contras, "con su mirada firme, su inexorable sentido del deber y su palpable convicci�n de que el fin justifica los medios"2. Los contrarrevolucionarios cubanos, los golpistas venezolanos, los "gobiernos interinos" en Hait� o Iraq, y los nuevos ricos que administran ONG en Europa del Este pueden estar tranquilos: gane quien gane ―republicanos o demσcratas― su dinero estα garantizado. Como garantizados estuvieron tambiιn los bombardeos a Sud�n, Afganist�n y Yugoslavia por la sonrisa dem�crata de Bill Clinton.

El dinero y la violencia, la zanahoria y el garrote, avalan el certificado de exportaci�n del modelo de la "rep�blica de Wall Street".

Si el 83% de los norteamericanos apoya las aspiraciones ecologistas, el 86% est� de acuerdo con el movimiento por los derechos civiles, el 94% respalda el control de armas, el 80% cree que todos deben tener igual derecho a los servicios de salud y el 88 % desconf�a de los ejecutivos de las corporaciones3..., la pregunta obvia es por qu� las transnacionales pueden gobernar EE.UU. y decidir los destinos del mundo sin dejar de llamar a su sistema de dominaci�n "una democracia".

El clientelismo, que permite funcionar al sistema pol�tico de manera tan cerrada como un ciclo termodin�mico perfecto (corporaci�n�dinero�campa�a medi�tica�gobierno para los ricos), junto a la lectura manipulada, pero triunfadora en la Guerra Fr�a, de un conjunto de categor�as ―opini�n p�blica, libertad de prensa, democracia... ―, presupone absolutamente las equivalencias impuestas por el lenguaje imperial como un grupo de verdades reveladas e inamovibles.

La opini�n p�blica es la opini�n publicada en los medios que no dependen ya de suscriptores, lectores, televidentes u oyentes, sino de sus anunciantes. Operan con noticias que proceden, en m�s del 90 % de los casos, de las mismas fuentes transnacionales o gubernamentales, es decir, directamente del due�o o de su instrumento. Cada vez m�s existe la impresi�n de ver una sola televisi�n y un solo peri�dico con diferentes presentadores o dise�os. Es la uniformidad disfrazada de diversidad.

Son esos medios los que imponen la idea del consumo como bienestar, que alguna vez sedujo al burocratizado socialismo europeo y lo hizo abandonar la idea de proponer alternativas al capitalismo. De los noticieros a la publicidad, las minor�as ―cada vez menores, pero cada vez m�s ricas― exhiben, en poderos�simo "efecto demostraci�n", c�mo se debe vivir o al menos c�mo debemos aspirar a vivir; se democratizan los consejos a los inversionistas y no el dinero para las inversiones. La vitrina crece y crece, aunque el cristal es cada vez m�s grueso y est� blindado. Consumir es el camino hacia la libertad, parecen decirnos los medios, en su tarea de convertir a los ciudadanos en consumidores, tan atentos a sus posibilidades en el mercado que se desentiendan totalmente de la pol�tica salvo el d�a de las elecciones, en que deber�n "escoger" entre los partidos-empresas que se venden por televisi�n como cualquier art�culo de consumo.

Democracia es elecciones pluripartidistas o no es, aunque sea adem�s corrupci�n, clientelismo, apat�a pol�tica y abstencionismo. Los "gur�es" del pensamiento trabajan denodadamente para garantizarle al sistema que con el voto solo cambie el color de la m�scara con que se intenta encubrir la dominaci�n. Estos intelectuales bienpensantes, tan profundamente descritos por Alfonso Sastre4, maldicen el poder y nos orientan alejarnos de �l, mientras elogian la empresa transnacional que los publica ―�sin pertenecer al poder? As� pastan felizmente en el corral tem�tico que les permiten sus bien pagados "espacios de opini�n". All�, claman por el derecho al placer de la clase media venezolana, sin detenerse en el nada placentero retroceso econ�mico de sus conciudadanos del primer mundo; convierten autom�ticamente la emigraci�n cubana en "exilio", mientras condenan al "insilio" a cualquier voz disidente que dentro de su propio pa�s denuncie los cr�menes y la intolerancia que inundan de cad�veres las costas de su para�so; estos vecinos de p�ginas repletas por los anuncios clasificados del sexo rentado que se indignan por la prostituci�n ajena. Siempre desde nuestros pa�ses les llega como anillo al dedo alguna que otra voz deseosa de ver su nombre en letra impresa para obtener el aval de buen comportamiento intelectual, servir de testigo letrado para la campa�a de ocasi�n y testimoniar que los negros, latinos e ind�genas somos vagos y corruptos, lo que de paso explica que seamos pobres, porque "all� todo el mundo roba".

�Magn�fica noticia para aquellos que hace rato se est�n robando el mundo!

La venta de la socialdemocracia como opci�n de izquierda, operaci�n solo posible desmemoria mediante, requiere que olvidemos al ametrallador de multitudes Carlos Andr�s P�rez, o las ejecuciones extrajudiciales bajo el gobierno de Felipe Gonz�lez, y que no preguntemos demasiado por ciertos financiamientos de la d�cada del 70, que convirtieron partidos minoritarios en poderosas maquinarias pol�ticas.

Si una parte de la izquierda electoral se limita a funcionar como Cruz Roja de la derecha, la que le administra la crisis mientras legitima el sistema, es l�gico que deba preocuparse por la democracia en Cuba y Venezuela. Cuba, como bien ha observado Noam Chomsky, es el pa�s que ha recibido m�s agresiones terroristas en el mundo y ha sabido enfrentarlas con m�s participaci�n ciudadana y m�s activismo pol�tico de las masas, sin torturas ni ejecuciones extrajudiciales. Venezuela es la naci�n cuyo Presidente ha sido m�s repetidamente electo en menos tiempo. Pero el certificado de buena conducta pol�tica exige tomar distancia de quienes molestan al imperio y demanda, como dijera Fidel en la "introducci�n necesaria" al Diario del Che en Bolivia, "convertir las organizaciones de lucha del pueblo en instrumentos de conciliaci�n con los explotadores internos y externos"5.

La prensa liberal que califica el revelador documental Farenheit 9/11, de Michael Moore, como un "ataque demoledor contra Bush", silencia la profunda denuncia que hace el escritor y cineasta norteamericano de la complicidad racista de los senadores dem�cratas en el fraude electoral, de la utilizaci�n de los pobres como carne de ca��n y el escandaloso divorcio entre la clase pol�tica y el pueblo norteamericano. Los bien disciplinados columnistas, reporteros y cr�ticos de cine que nos ense�an a mirar para no ver y canalizan adecuadamente nuestra indignaci�n contra Bush, tratan de evitar que cuestionemos el sistema: estemos contra la guerra, incluso contra Bush, pero nunca contra el capital. Quiz� aquella inc�moda pregunta de Brecht nunca haya sido formulada: "�De qu� sirve estar contra el fascismo ―que se condena― si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina?"6.

En definitiva, para algunos bienpensantes lo que ocurre en Bolivia, Venezuela o Palestina son conflictos entre g�elfos y gibelinos, que resultar�an intrascendentes salvo por lo que de ellos pudiera recoger la literatura en el futuro. Estos aspirantes a escribir Divinas Comedias, deber�an preguntarse si dentro de cincuenta a�os habr� futuro, con el agotamiento de las fuentes energ�ticas, dos mil millones de habitantes m�s en los pa�ses pobres y el deterioro galopante del medio ambiente, que configuran a corto plazo la construcci�n del infierno en la Tierra.

Si estos temas, tan caros a los medios, afloran, no es m�s all� de las grietas de ocasi�n que abren las contradicciones interolig�rgicas, amplificadas por las cuadrillas de intelectuales medi�ticos en su funci�n legitimadora del sistema. Y cuando eso ocurre, los obedientes asalariados del lenguaje "pol�ticamente correcto" se cuidan muy bien de emplear la palabra donde va. No importa que "disidir" signifique, seg�n la Real Academia Espa�ola, "separarse de la com�n doctrina"7 ―Ώserα otra en nuestro tiempo la com�n doctrina que la proclamaci�n de la econom�a de mercado como el �nico modo de vida, o de muerte, posible? ―; los millones que protestan contra la explotaci�n capitalista, la guerra o los genocidios, no ser�n nunca llamados disidentes, sino "terroristas", "globalif�bicos", o a lo sumo "turbas", como tales se les puede reprimir, asesinar y torturar impunemente con las armas de la democracia representativa, como vemos demasiado a menudo, ya sea en Italia, en Per� o en Iraq. EE.UU. intervino una vez contra la Alemania nazi y m�s de 180 veces contra pa�ses pobres, a pesar de ello el capital ling��stico de la Segunda Guerra Mundial le contin�a sirviendo en la prensa de nuestros d�as, para que los invasores puedan convertirse en "aliados", que salvar�n a los invadidos de los "cr�menes de guerra" cometidos por un "dictador" perteneciente al "eje" del mal.

Apenas quince a�os despu�s de la "victoria" capitalista frente al llamado socialismo real, desde el Sur, el mito neoliberal comienza a derrumbarse. Si las ideas son decisivas para la construcci�n de alternativas, es esencial tambi�n construir alternativas para su difusi�n.

Las noticias, con excepci�n de los desastres naturales, no son casuales. Es evidente que se est� imponiendo una agenda al mundo, que se derrama en cascada desde los medios de elite (CNN, The New York Times...) hasta el peri�dico de una peque�a ciudad de provincias. El que pretenda cambiar la agenda debe estar dispuesto a perder fuentes de financiamiento, anunciantes y distribuidores. Si eso no fuera suficiente est�n las denuncias judiciales, los pleitos y las campa�as de descr�dito. En el entorno iberoamericano, honrosas y escas�simas excepciones, como La Jornada, de M�xico, confirman la regla que dictamina la muerte, anunciada y ocurrida, de peri�dicos disidentes como O Diario8 (con m�s de mil horas de demandas en los tribunales), Liberaci�n9 (asfixiado econ�micamente entre los bancos y los distribuidores) o Egin10 (criminalizado y clausurado por el gobierno de Jos� Mar�a Aznar), por solo citar tres ejemplos de c�mo funciona la libertad de expresi�n para los que pretenden separarse de la "com�n doctrina".

La creciente concentraci�n de la propiedad sobre los medios en unas pocas empresas y el paralelo control del negocio de la publicidad, que ya supera el mill�n de millones de d�lares anuales, nos confirman el antiguo aserto: una vez m�s todos los caminos conducen a Roma. Aunque en los d�as que corren haya muchos recursos intelectuales y financieros empe�ados en hacerlos invisibles.

Todos los caminos conducen a Roma. Sin embargo, existen muy pocos trillos y veredas entre nosotros mismos. Uno de los principales resultados de la dominaci�n medi�tica y cultural ha sido la fragmentaci�n e incomunicaci�n entre los que producen informaci�n y conocimientos opuestos al orden existente. As�, la creaci�n de un falso pero aparentemente inevitable "s�ndrome de la soledad" como destino manifiesto de la disidencia intelectual, es una de las trampas con que cuentan los dominadores para desmovilizar el pensamiento cr�tico y condenarlo eternamente a los m�rgenes.

Internet, aunque tambi�n invadida por las grandes empresas, ha brindado a los movimientos sociales la posibilidad de colocar con inmediatez y a muy bajo costo la informaci�n que oculta la inundaci�n medi�tica. Pero es necesario tejer en la pr�ctica las redes que han surgido en Internet. El intercambio de publicaciones, la circulaci�n de libros, la coordinaci�n entre las peque�as editoriales, entre las radios y televisiones comunitarias, resultan acciones urgentes e imprescindibles. Unir lo peque�o desde donde se resiste la hegemon�a imperial y levantar lo grande, all� donde avanza la hegemon�a revolucionaria.

La dictadura del pensamiento �nico ―�significar� algo para los medios la oculta coincidencia de "pensamiento �nico" y "com�n doctrina" versus "disidencia"? ― ha impuesto su c�digo binario: o comulgas o no existes. Frente a ella, Hugo Ch�vez, en "rebeli�n contra las oligarqu�as y contra los dogmas revolucionarios"11 ―para decirlo desde la definiciσn guevarista del 26 de julio―, ha lanzado la idea de que los pobres, los olvidados, los silenciados, tengan su propio canal, su "CNN del Sur". Nos coloca asν ante la posibilidad de contar, en un futuro que deseamos cercano, con un poderoso medio alternativo pero ya no marginal.

La derrota propinada en Venezuela al golpismo medi�tico constituye una lecci�n para todos los que en el mundo disiden del orden de la nueva Roma. En un pa�s donde los medios han devenido con toda claridad partidos pol�ticos al servicio de la oligarqu�a criolla y el gobierno norteamericano, se est� demostrando que a pesar del dinero de la National Endownment for Democracy y del "periodismo liberal" de The New York Times, CNN, El Pa�s y sus voceros locales, se puede ganar y preservar el poder para las mayor�as. Lo que significa comenzar a ganar tambi�n la batalla de los medios de comunicaci�n.

En estos tiempos de Internet y exclusiones, de sat�lites y hambre, Carlos Marx, sonriente y subversivo, susurra en los o�dos del mundo: "disidentes de todos los pa�ses, comunicaos".

Notas:
1. George W. Bush, Declaraciones del presidente en el XX aniversario de la Nacional Endowment for Democracy, Office of the Press Secretary, Washington, 6 de noviembre de 2003, http://www.whitehouse.gov/news/releases/2003/11/20031106-2.es.html.
2. Neil Berry, "Encounter", London Magazine, febrero-marzo de 1995. Citado por Frances Stonor Saunders en La CIA y la guerra fr�a cultural, Editorial Debate, S.A., Madrid, 2001, p. 207.
3. Michael Moore, �Qu� han hecho con mi pa�s, t�o?, Ediciones B S.A., Madrid, 2004. pp. 176-181, estos datos aparecen extensamente documentados en "Notas y fuentes", pp. 251-253.
4. Alfonso Sastre, La batalla de los intelectuales, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2003, pp. 59-91.
5. Fidel Castro, "Una introducci�n necesaria", en Ernesto Che Guevara, El Diario del Che en Bolivia, Instituto del Libro, La Habana, 1968, p. XIII.
6. Bertolt Brecht, "Las cinco dificultades para decir la verdad", Bolet�n del Seminario de Derecho Pol�tico, n� 29-30, noviembre de 1963, Salamanca.
7. Real Academia Espa�ola, Diccionario de la Lengua Espa�ola, Vigesimosegunda edici�n, http://www.rae.es/.
8. Miguel Urbano, "O Diario" Acusa!. Mais de mil horas nos Tribunais, Editorial Caminho, SARL, Lisboa, 1984.
9- Andr�s Sorel, Liberaci�n. Desolaci�n de la utop�a, Ediciones Libertarias, Madrid, 1985.
10. Euskadi Informaci�n, La ley del silencio, Birsortu S.L., Hernani, 1998.
11. Ernesto Che Guevara, El Diario del Che en Bolivia, Instituto del Libro, La Habana, 1968, p. 256.



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