Argentina, la
lucha continua....
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El nombramiento de Lino Barañao
Monsanto, los clanes Kirchner y Macri y un común denominador
por Luis E. Sabini Fernández
En esta lucha tan ardorosa, que parece campear en nuestra América La
Nos dice que es "pragmático". Lo que
presupone un valor primordial de lo pragmático. Poniendo lo utilitario por
encima… ¿de qué?, ¿de la salud?, ¿de la vida?, ¿de los seres vivos? Porque eso
es precisamente lo que vemos: que el desarrollo tecnocientífico que se ostenta
está volcado a la destrucción sistemática, a manos de científicos y técnicos
pragmáticos, extractivistas, eficientistas, de todo el planeta, cada vez más. A
la extracción y al uso, aprovechamiento inmisericorde de todo lo existente,
tanto lo mineral como la biodiversidad; la flora y la fauna. Sin medir
consecuencias ni secuelas, en el aire, en el agua. Y que semejante
despreocupación, por todo lo que sistemática y calculadamente destruimos,
constituye una curiosa irresponsabilidad que podríamos llamar infantilización
mediante la cual no nos hacemos cargo de toda la caca que "producimos", aunque
en rigor es mucho más contaminante, tóxica, que la simple mierda.
Tendríamos que decir que la ciencia y la técnica que la modernidad nos ha
deparado nos ha servido primordialmente para poder gastar por encima, muy por
encima, de nuestros recursos. Como decía muy bien Friedrich Soddy, hace casi un
siglo, consumiendo en un par de siglos la energía solar acumulada bajo la forma
de petróleo (gas, carbón) que le llevó al planeta varios millones de años
elaborar. Y lo que llamamos "desarrollo tecnocientífico" no nos ha servido solo
para aprender a dilapidar: la ciencia y la técnica ─eso sí, bien pragmáticas─
nos han servido asimismo para desentendernos de nuestros desechos que ahora han
alcanzado todos los rincones del planeta, envenenándolo. Y no cualquier rincón:
los plásticos blandos ocupan superficies oceánicas de mayor tamaño que países
como Argentina… y tales "islas" de ruptura radical de ciclos bióticos, es decir
de muerte, se repiten ya en todos los océanos. Y sin embargo, hay algo aun peor:
tal vez lo crucial es que el principal reservorio de vida de todo el planeta,
─los fondos oceánicos─ están recubiertos en un porcentaje altísimo por
partículas, a veces microscópicas, de plástico, que interrumpen así toda cadena
biótica.
En realidad, más que "ciencia y técnica" lo que nos ha conducido al presente
callejón sin salida aparente han sido quienes se han arrogado su
representatividad; los grandes consorcios, civiles y militares que motorizan la
modernidad.
Además de dilapidar, y "producir" desechos, hemos aprendido entonces a
desentendernos de ellos.8
Nosotros nos desentendemos de nuestros desechos, pero ellos vuelven sobre
nosotros aniquilando los circuitos vitales.
Y eso es en gran medida, porque nuestras ínfulas sobre los desarrollos
tecnocientíficos no han sabido medir consecuencias o secuelas, o mejor dicho, se
han despreocupado de ello.
Un ejemplo bien claro de esa ignorancia arropada en suficiencia: la "ciencia"
económica. Hizo buena parte de sus desarrollos basados en la noción de
externalización de costos. Sólo así las empresas más modernas no solo
cubrieron sus costos sino que, detalle agravante, obtuvieron sus (fastuosas)
ganancias (y los deslumbrantes avances, es cierto). Pero la externalización de
costos, el pagadiós, como el boomerang australiano, está alcanzándonos.
En agua degradada, en temporales más frecuentes, en aumento del nivel del mar
océano, en derretimiento de las nieves y los polos, en aumento de radiactividad,
en atmósfera con menos ozono, en alimentos cada vez más artificializados, en
cánceres, en infecundidad.9
Estamos forjando una humanidad a la vez más sabia y más ciega, con mejoras en la
calidad de vida, en el conocimiento, y más frágil y menos potente, aunque
disponga cada vez más de mejores prótesis. Para empeorar el cuadro todavía más,
prolifera una pérdida generalizada de calidad de vida de muchísimos humanos que
no están alcanzados por las ventajas de la modernidad; particularmente en
regiones y países más castigados, como en África, Asia, el Caribe (y un poco en
todas partes).
Siempre ha habido dos, varias humanidades; la de amos y esclavos, la de ricos y
pobres… y aunque los desarrollos tecnocientíficos alcancen ahora a casi todo el
mundo, el abismo, la grieta, que separa privilegiados y desamparados sigue
abierta, ahondándose.
Cada vez son menos quienes tienen la mitad de la riqueza del mundo y controlan
la economía planetaria. Una plutocleptocracia. La que nos quiere hacer creer que
estamos sólo en el mejor de los mundos, que nunca hemos tenido tantos chiches,
tanto tiempo libre, tantas posibilidades a nuestro alcance, con avances
realmente formidables en investigación, en cirugía, en velocidad, en los medios
de transporte, en los de comunicación. Nos cuesta darnos cuenta que estamos
mejor y peor a la vez y el cuadro se dificulta cuando los cientificistas invocan
incluso el desarrollo sustentable...
Únicamente si vemos el deterioro generalizado del planeta, la pérdida de
biodiversidad, la contaminación generalizada de los mares, la expansión
irrefrenable de las alteraciones hormonales; peces con ambos sexos pero
atrofiados, cocodrilos de la península de Florida con penes tan empequeñecidos
que no pueden aparearse; gaviotas norteamericanas que confunden funciones
sexuales y constituyen parejas con dos hembras,10
podemos darnos cuenta que no todo anda tan bien como se nos quiere hacer creer.
¿Por qué vamos a creer que lo que pasa ─y está fehacientemente comprobado─ con
peces, gaviotas, cocodrilos, no nos va a pasar a nosotros? ¿Porque los humanos
seamos tan creativos que una alteración hormonal sirva para forjar un movimiento
de derechos cívicos de nuevo tipo?
¿Acaso los científicos como Lino Barañao no se han dado cuenta que sus
"adelantos" y "progresos" van dejando, sistemáticamente, el tendal?
Hasta Karl Marx, hace siglo y medio, cuando todavía no se había llegado al grado
de intoxicación ambiental generalizado de nuestra contemporaneidad, cuando
todavía estábamos muy lejos de la selva química contemporánea con decenas de
miles de productos de los que en el 90% de los casos se desconoce sus efectos
salvo alguno bien preciso y utilitario (que es el que dio lugar a su
existencia), cuando no había ingeniería genética ni agrotóxicos que "ahorran"
trabajo; cuando no existía la nanotecnología que permite generar entidades fuera
de los órdenes naturales (animales, vegetales), en aquella "prehistoria" que
conoció Marx, hasta un cientificista como él, gracias a su percepción de la
compleja realidad, se pudo dar cuenta que ‘cada progreso económico es al
mismo tiempo una calamidad social’, como la sombra sigue al cuerpo.
En esto estamos ahora. Lino Barañao representa de manera estable, continua, la
ciencia que nos está llevando al abismo, en todo caso, al paraíso y al abismo.
Una ciencia pragmática como con perspicacia, tal vez involuntaria, lo ha
expresado el mismo actual ministro de Ciencia y Técnica.
Su nombramiento, una vez más, nos muestra el hilo conductor de la sociedad que
vivimos. De la sociedad que algunos cráneos nos están diseñando para vivir.
El desarrollo tecnocientífico de nuestro tiempo es el reino de la heteronomía.
Cuidadosamente cultivada por las élites que disfrutan el vértice de la pirámide.
Pero si el quiebre del constructo humano, cada vez menos natural (es
decir cada vez menos ligado a las reglas o constantes de la naturaleza) en que
vivimos se llega a fracturar ─mediante el calentamiento global o cualquier otro
factor irruptivo─ la crisis no va a ser solo nuestra, los del suelo planetario;
también abarcará a los actuales privilegiados y usufructuarios del
agribusiness, la nube digital, el mundo de las corporaciones y lo que ahora
llamamos ─en neocastellano básico─ sus CEOS: la tecnoesfera que nos mostrara
Andrew Kimbrell no puede existir sin las respectivas socioesfera y biosfera.
“Agua con sal”
De modo lamentable, hace un tiempo, el ministro de Ciencia,
Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, Lino Barañao, al participar del
programa Pariendo Sueños, que conduce la presidenta de la Asociación Madres de
Plaza de Mayo, realizó comentarios que halagaron las propiedades del herbicida
glifosato, de Monsanto. Destacó además, en contra de la presunción de su
entrevistadora, Hebe de Bonafini, las características atóxicas y seguras del
producto respecto de la salud humana.
Al afirmar que el glifosato mata las plantas, Hebe de Bonafini agregó: “A
personas, también”, a lo que el funcionario nacional respondió: “No está
probado. Hay gente que se ha tomado un vaso de glifosato para suicidarse y no le
pasó nada”. Y luego continuó explicando que el herbicida podría ser tan dañino
como “el agua con sal”.
Cabe agregar que hay muchos casos de suicidios de campesinos por vía de la
ingestión de este veneno. Que por otro lado está produciendo muchísimas
enfermedades y malformaciones.
Notas:
1
No sabemos si el desarrollo de dicha hormona, también llamada somatotropina (la
versión transgénica se apocopa: somatropina) estuvo relacionado con un accidente
o incidente laboral en Azul, prov. de Buenos Aires, en 1987, donde murieran dos
ordeñadores. Y no lo sabemos porque esas muertes quedaron siempre en la
penumbra.
2
Ecologistas en acción, no 15, Madrid, dic. 1998.
3
Diario de Río Negro, 2/10/2003.
4
Dennis Avery, Hudson Institute, Indianápolis, 1995.
5
Vìa Campesina es la internacional de trabajadores rurales a la que pertenece, p.
ej., el MST brasileño. Entrevista publicada en futuros, no. 6,
Río de la Plata, otoño 2004.
6
En realidad viene de lejos. Expresa sencilla y lacónicamente la relación entre
el centro planetario y la periferia colonial o neocolonial; esa relación es de
dependencia y hasta de deslumbramiento. Por eso en EE.UU. se pueden rastrear los
Epstein y en Argentina los Barañao. Pero eso cambia. Lo probó Andrés Carrasco.
Pese a lo que podría preferir el flamante gobierno de Argentina 2015: conservar
la fe en una ciencia apolítica.
7
La Nación, Buenos Aires, 3/12/2015.
8
El significado del reciclado, la recuperación y otras eres que se han ensayado
no cambian la estructura general de nuestra sociedad, que en términos económicos
es lineal ─extracción, industrialización, consumo, desechos─ y no circular como
eran las sociedades tradicionales ─elaboración, uso, reúso, recuperación,
compostaje─. Los intentos, es cierto que cada vez más frecuentes e intensos para
recuperar desechos, no modifican sustancialmente el cuadro, sobre todo, porque
mucho de lo que se recicla es cuidado de imagen, modificaciones cosméticas. Lo
cual no significa que no haya que hacerlo; sencillamente advertir que NO es la
solución.
9
En EE.UU. se han hecho estadísticas sobre la calidad espermática: a lo largo de
las cinco décadas de la segunda mitad del s XX, la calidad espermática de los
estadounidenses ha disminuido escalón a escalón sin interrupción. Y
lamentablemente como todo lo del american way of life este dato
escalofriante también nos alcanza a todos, a lo sumo, apenas diferido (Our
Stolen Future, hay traducción al castellano; Nuestro futuro robado;
Colborn, Myers y Dumanovski, Ecoespaña, Madrid, 2001).
10
Estudios de campo relevados en el libro precitado, Our Stolen Future.