Si no se sale de la dolarización, defendida por la derecha tradicional y la
derecha correísta y oenegeísta, no hay cambio de modelo económico posible
Las orientaciones y decisiones más recientes del gobierno de Rafael Correa han
venido a acentuar inquietudes que ya expresáramos en el balance del primer año
de la autodenominada Revolución Ciudadana.
http://www.lahaine.org/index.php?p=9102
Como se recordará, Correa logró la adhesión mayoritaria de los votantes en el
ballotage del 2006 –incluido, por cierto, el respaldo virtualmente unánime de
los partidos de izquierda y demás fuerzas y organizaciones antisistema- por su
compromiso de sepultar el modelo liberal esquizofrénico (Estado del bienestar
para los ricos, Estado mínimo para los pobres), institucionalizado en el Ecuador
a partir de la administración del demócrata cristiano Osvaldo Hurtado (1981-84).
Más allá de la retórica de las "cinco revoluciones" anunciadas al calor de la
campaña presidencial –política, económica, ética, educación/salud y relaciones
internacionales-, desmontar la institucionalidad neoliberal suponía/supone
instrumentar un conjunto de acciones encaminado, por un lado, a defender la
soberanía política y económica nacional, y por otro, a concretar programas
destinados a plasmar una autonomización relativa del aparato productivo
doméstico. (Ver nuestro estudio "¿Cómo superar el fundamentalismo neoliberal?").
Por lo demás, cabe destacar que la escalada del precio internacional del crudo a
consecuencia básicamente de la invasión estadounidense a Irak el 2003, así como
las abultadas remesas de divisas de los emigrados, proveían de viabilidad
económica a ese modelo alternativo al impuesto a escala latinoamericana por el
capital financiero internacional y sus socios locales desde la implantación de
regímenes fascistas en el Cono Sur a comienzos de los años 70.
Conforme ya insinuamos, el gobierno correísta y su Revolución Ciudadana han
venido apartándose cada vez más de sus definiciones de cuño nacionalista,
popular y latinoamericanista, y, por esa ruta, aproximándose perniciosamente a
los intereses y dictados del capital monopólico externo y nativo. Pruebas al
canto.
Contradictoria defensa de la soberanía política La masacre de Angostura y sus reflejos
La diplomacia de la Revolución Ciudadana viene exhibiendo los mismos rasgos de
ingenuidad, improvisación, cortoplacismo y frecuente defección que han
caracterizado a la Cancillería ecuatoriana a lo largo de su historia.
Así, por ejemplo, frente a la incursión militar colombiana del 1 de marzo pasado
a la provincia amazónica de Sucumbíos, operativo de terrorismo de Estado que se
saldó con la masacre de más de dos decenas de militantes o simpatizantes de las
FARC, entre ellos el comandante Raúl Reyes, la reacción de Carondelet se tradujo
en una vehemente pero descontextualizada denuncia de los sangrientos hechos. Es
decir, ni Correa ni la canciller María Isabel Salvador asumieron la vulneración
de la soberanía territorial del país y su estela sanguinaria como correlato de
la geopolítica diseñada por Washington e instrumentada en la subregión andina
con el colaboracionismo de la narcodemocracia colombiana. ¿A qué aludimos en
concreto?
Esencialmente a que, si por un lado, la denuncia de los bombardeos a la remota
Angostura –aldea en donde diversos gobiernos y la referida guerrilla afinaban
los detalles para la liberación de Ingrid Betancourt y otros rehenes en manos
del mencionado grupo guerrillero- desató una crisis hemisférica que desembocó en
la ruptura de relaciones con la Colombia de Álvaro Uribe tanto de la Venezuela
bolivariana y de la Nicaragua sandinista como la del propio Ecuador, así como en
el reconocimiento por parte del Grupo de Río y la OEA de la violación de nuestra
soberanía; por otro, los anuncios de Quito de llevar el caso a la Corte
Internacional de La Haya o de suspender el intercambio comercial con el vecino
norteño nunca desbordaron el nivel de las palabras. Este orden de actitudes
entre tibias y zigzagueantes ha conducido a que el actual inquilino del Palacio
de Nariño retome su línea agresiva e intimidatoria, y, a través de la
utilización de las computadoras "a la carta" de Reyes, inicie juicios bajo
legislación y jurisdicción colombiana incluso contra funcionarios del gobierno
de Correa.
La incomprensión de que los sucesos de Angostura tenían como telón de fondo la
fementida guerra contra el "narcoterrorismo" promovida por George W. Bush para
criminalizar a los disidentes de la globalización corporativa -llámense
insurgentes armados, dirigentes indígenas o campesinos, cristianos
liberacionistas, opositores políticos parlamentarios, intelectuales,
ecologistas, defensores de los derechos humanos, etc.- ha determinado que el
Carondelet persista en su cadena de errores y/o defecciones.
Esta tónica de la diplomacia del régimen de Alianza País acaba de alumbrar un
acontecimiento de temibles consecuencias. Nos referimos a la aprobación y puesta
en marcha por Correa y su ministro del Interior, Fernando Bustamante, del
sarcásticamente denominado Proyecto Libertador, un programa de espionaje
telefónico y electrónico montado con financiamiento y asesoría estadounidenses y
que, a pretexto de espiar a los narcotraficantes, estaría convirtiendo al
Ecuador en un auténtico Estado policial. La justificación oficial para consumar
ese atentado a la soberanía nacional y a la privacidad de los ciudadanos no
podía ser más peregrina y deleznable. Según voceros oficiales, tal proyecto no
debiera preocupar a nadie, ya que dispositivos idénticos se encuentran en plena
operatividad en la Colombia de uribista y en el Perú de Alan García. Únicamente
les ha faltado decir que corresponden a extensiones a estas latitudes de la
Patriot Act impuesta por el guerrerista Bush Jr. después del memorable 11-S.
Una de cal y otra de arena
Si, por un lado, fue plausible que, en agosto pasado, el Ecuador notificara a
Estados Unidos su decisión de no renovar el convenio de entrega de la Base Manta
al Pentágono, a partir de noviembre del próximo año; por otro, no ha dejado de
suscitar perplejidad el silencio del Palacio de Najas respecto de la resolución
de la Casa Blanca, aplaudida por Bogotá, de reactivar la IV Flota, incluso con
portaaviones atómicos, para patrullar las costas de América Latina y el Caribe.
Preservar la dolarización: una apuesta suicida
La capacidad de emitir un signo monetario, establecer su valor en relación a
otras monedas y determinar su circulación de conformidad a una estrategia
nacional es un atributo consustancial a la soberanía política y económica de un
país.
Rafael Correa emergió a la escena política como opositor al "dictócrata" Lucio
Gutiérrez y crítico de la inconstitucional dolarización dispuesta por Jamil
Mahuad a comienzos del 2000, que se saldó con un feriado bancario, un
"corralito" en el argot argentino, y el endoso al Estado –es decir, a los
contribuyentes- de un atraco cifrado en 8.000 millones de dólares.
En la campaña para las presidenciales del 2006, el caudillo de Alianza País
reiteró sus denuncias contra esa medida ultraneoliberal y liquidacionista del
aparato productivo doméstico. Ya instalado en Carondelet, sin embargo, no
desaprovecha ocasión para insistir en que, a lo largo de su mandato de cuatro
años, mantendrá al dólar estadounidense como moneda oficial "ecuatoriana".
¿Qué supone esa explícita renuncia a la soberanía monetaria? ¿Cómo explicar la
repentina vocación presidencial por un tipo de cambio fijo? ¿Cuáles las
consecuencias internas y en las relaciones externas de ese nacionalismo
"dolarizado"? ¿Qué nos depara el futuro previsible?
Pablo Dávalos, investigador y catedrático de la Universidad Católica de Quito,
responde a ese orden de inquietudes en un estudio titulado "Ecuador: el debate
prohibido", donde apunta:
Desde el año 2000 cuando se impuso la dolarización, su tarea ha sido la de ir
minando al país: ha destruido la pequeña producción campesina poniendo en riesgo
el abastecimiento alimentario más elemental. Ha destruido la pequeña y mediana
producción industrial, generando desempleo y pérdida de ingreso a miles de
familias. Ha desquiciado el sistema de precios con distorsiones que han
multiplicado por diez a la canasta familiar en menos de una década y ha
destrozado la capacidad adquisitiva del salario que actualmente apenas cubre
menos de un tercio de la canasta básica.
Ha provocado un profundo intercambio desigual entre el sector rural y el sector
urbano. Ha incentivado una deriva consumista que se refleja en el mayor déficit
comercial en toda la historia del país, un déficit oculto por los altos precios
del petróleo. Ha provocado una enorme migración de ecuatorianos en búsqueda de
trabajo en el extranjero. Ha polarizado la concentración del ingreso, al extremo
que el 20% más rico de la población dispone de más del 50% de la renta nacional,
mientras que el 20% más pobre no llega a participar ni del 4% de la renta
nacional. Ha incentivado los comportamientos rentistas de sectores medios de la
población, y la demanda de asistencialismo en los sectores más pobres.
Ha transformado el mercado financiero doméstico que ahora cobra tasas de interés
desmesuradas en dólares, e incentiva la fuga de divisas y el endeudamiento
externo agresivo por parte del sector privado, que recuerda aquel proceso de los
años setenta que condujo a la crisis de la deuda externa… Estos hechos nos
muestran una economía en descalabro y una sociedad fracturada, y un esquema
monetario que empieza a hacer aguas y cuyo colapso, a más de inminente, parece
más próximo de lo que quisiéramos… (1)
Más adelante explica:
La dolarización no es solo un esquema monetario que otorga certezas para
decisiones económicas en el corto y mediano plazo, sino que es el centro de
gravedad del esquema neoliberal. Y el modelo neoliberal no se reduce a un
conjunto de recomendaciones en política fiscal, sino a la readecuación de las
relaciones de poder en beneficio del capital financiero. (2)
En buen romance, lo anterior implica que si no se sale de la dolarización –y de
una manera ordenada- no hay cambio de modelo económico posible. Razonar de modo
distinto, como lo hacen tanto la derecha tradicional ("partidocrática") como la
derecha correísta y oenegeísta, comporta la gran impostura que padece
actualmente la sociedad ecuatoriana.
Más aún, lejos de instrumentar una alternativa al cambio fijo y al legado
neoliberalizante, Carondelet y sus funambulescos revolucionarios han venido
impulsando una fórmula entre regresiva y clientelar a esos problemas
estructurales y de redivivo colonialismo. ¿A qué aludimos?
Particularmente al festín de recursos petroleros, mineros y ambientales,
incluida la privatización de PETROECUADOR (3); a las apuestas al IIRSA y a los
transgénicos preconizadas por el binomio Bush-Lula da Silva, al aperturismo
comercial y financiero, a las negociaciones recolonizadoras con la Unión
Europea, al diferimiento para las calendas griegas de la adhesión del Ecuador al
ALBA, a la alineación con Colombia y Perú en el seno de la CAN (traicionando a
la Bolivia de Evo Morales). En suma, al autobloqueo a una estrategia de relativa
autonomía productiva y a la sistemática adopción del modelo regresivo y de
lumpenacumulación que describiera André Gunder Frank hace casi medio siglo.
Notas
(1) Ver: www.llacta.org/notic/not050a.htm
(2) Ibid.
(3) A ese respeto, especialmente sustentadas y crudas han sido las denuncias
públicas formuladas por Polo Democrático, una organización policlasista
encabezada por el ex sacerdote Eduardo Delgado, que ha convocado a la ciudadanía
a anular el voto en el referendo constitucional del 28 de septiembre próximo.
- René Báez. Miembro de la International Writers Association y del Foro
Mundial de Alternativas (Capítulo Ecuador)
Alai Fuente: lafogata.org