Argentina: La lucha continúa
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Vencedores y vencidos
Claudio Katz
El mayor conflicto social y político desde la rebelión del 2001 concluyó con un nítido triunfo de la derecha. La Sociedad Rural compartió con Bullrich, Carrió, Duhalde y Barrionuevo un logro impensado. Festejaron la anulación de las retenciones móviles por parte del senado con un entusiasmo que no exhibían desde hace décadas.
Razones de una victoria
El bloque conservador logró volcar la votación en la cámara alta porque se
impuso primero en la calle. Esa presencia fracturó al bloque oficialista, ya que
la derecha derrotó al justicialismo en el terreno tradicionalmente adverso de
las multitudes. Duplicó la concurrencia del kirchnerismo en todos los actos y le
arrebató la Capital, luego de haberse impuesto en Rosario. El desplazamiento del
escenario mediático de las rutas al Parlamento acentuó la presencia ruralista,
con gran concurrencia espontánea a sus carpas del Congreso.
Todos los elogios al funcionamiento de las instituciones ocultan esta
gravitación de la presión extraparlamentaria, que incluyó provocaciones y
escraches. La patética decisión de Cobos con su voto decisivo, se atuvo a un
viejo principio legislativo de intuir hacia dónde sopla el viento. No votó por
convicción, ya que carece de algún principio. Entrenado en la política burguesa
presintió que era el momento de cambiar de bando.
El ruralismo ganó porque canalizó un giro de la clase media, que ha pasado del
cuestionamiento de la corrupción ("que se vayan todos") a la revuelta
conservadora. Este viraje comenzó con Blumberg, se reforzó con el triunfo de
Macri y ha desembocado en una épica del bolsillo. Este giro se verificó en
innumerables oportunidades durante el conflicto. El exabrupto más conocido
estuvo a cargo del vicepresidente de CRA, que acostumbrado a maltratar a los
peones de su estancia propuso disolver el Congreso.
El clima reaccionario se verificó en las cacerolazos de teflón, que enaltecieron
a "la patria junto al campo", proclamaron el rechazo de "los tiranos" y
exigieron poner fin "al tema de los Derechos Humanos". En ciertas escaramuzas no
faltaron los gritos contra los "negros", los "vagos" y los "montoneros", bajo
una cobertura televisiva que descubrió cuán legítimo es cortar las rutas cuando
hay gringos y tractores.
La ideología derechista se reactivó por el carácter de una revuelta embanderada
con la rentabilidad y consumada a través de un lock out. Los patrones aguantaron
cuatro meses de conflicto porque sus peones nunca dejaron de trabajar.
El júbilo final de los derechistas contrasta con la pesadumbre que exhibían sus
voceros cuando el resultado era incierto. Durante ese lapso se atormentaron por
la aparición de "un conflicto inventado", que "demostró lo peor de la política
argentina" (1). Se enfadaron con la ausencia de estabilidad para ejercer una
dominación sin contratiempos y exhortaron a lograr que el capitalismo funcione
sin traumas. La misma fantasía persigue a los opresores de todas las latitudes,
cuándo miran en el espejo de un par más exitoso.
Pero el triunfo mejoró su ánimo y ahora aconsejan a Cristina. A diferencia del
pasado esta crisis no incluyó en catástrofes financieras o hiperinflación. Por
esta razón nadie exige un cambio de presidente. La acción de Cobos justamente
difiere de la renuncia de Chacho Alvarez a la vicepresidencia, en la vigencia de
una coyuntura económica que abre cierto espacio para la reconstitución del
gobierno.
La derecha busca afianzarse incentivando un viraje conservador del oficialismo,
que podría comenzar con el cambio de ministros y el aumento de tarifas. Sus
voceros consideran que "el gobierno tiene una oportunidad para comenzar de
nuevo", si abandona el "estilo kirchnerista". En lo inmediato quieren
tranquilidad. Las manifestaciones que acorralaron al gobierno ya cumplieron su
función y ahora molestan a los dueños del poder.
Causas de una derrota
El gobierno recibió un golpe furibundo. Se jugó a todo o nada y soportó una
cachetada mayúscula. A pocos meses de asumir ha sufrido la erosión de su base
electoral, perdió popularidad y se distanció de la clase media. El bloque
parlamentario se indisciplinó, varios gobernadores emigraron y los radicales K
preparan un éxodo. Dentro del Justicialismo ha recobrado fuerza la opción que
lideran Duhalde y Rodríguez Saa y la alternativa de los expertos en amoldarse al
humor reaccionario (Solá, Reuteman, Schiaretti).
El retroceso de Néstor Kirchner es atribuido a su obcecación, capricho y
autismo. Pero en realidad repitió un curso ensayado por muchos presidentes.
No sólo la ambición de poder vincula el sueño alfonsinista de gestar un tercer
movimiento histórico desde la capital en Viedma, con la maniobras menemistas de
la re-reelección. Todos los proyectos estratégicos han buscado afianzar el poder
presidencial.
La confrontación oficial con el ruralismo fracasó por una acumulación de
torpezas y actos desesperados, que transmitieron una imagen de total descontrol.
Durante cuatro meses el gobierno osciló entre la concesión económica y la
provocación política. Con gestos autoritarios y un lenguaje de patota exigió la
"rendición incondicional" de sus adversarios, mientras aceptaba todos los
pedidos ruralistas con excepción de la emblemática resolución 125.
A pesar de contar con una caja significativa de superávit fiscal para enfrentar
la voluminosa cosecha almacenada por los agro-negociantes, los Kirchner sólo
consiguieron un alivio momentáneo cuándo se levantaron los cortes de ruta. Los
ganadores nunca perdieron la iniciativa.
La primera causa de este fracaso fue la negativa oficial a incentivar una
movilización popular, fuera del marco regimentado del Justicialismo, la CGT y
las organizaciones cooptadas. No forjaron este sostén durante cinco años de
administración y tampoco lo improvisaron durante la crisis. El temor a resucitar
la sublevación del 2001-2002 acobardó a una pareja que llegó a presidencia, para
reconstruir el Estado y disipar las huellas de cualquier levantamiento por
abajo.
En segundo lugar el gobierno perdió porque jamás se alejó de los banqueros e
industriales, que exigieron poner fin a la confrontación. Esta alianza impide la
proclamada redistribución del ingreso, en un contexto inflacionario. Si el
gobierno no aumentó significativamente los salarios y las jubilaciones es porque
propugna un capitalismo neo-desarrollista incompatible con esas mejoras.
La tercera razón del triunfo derechista fue la desconfianza mayoritaria hacia un
gobierno que emite discursos divorciados de la práctica. El olfato popular
percibe que las trampas del INDEC apuntan contra la movilidad de los salarios y
no sólo contra la renta de los títulos indexados. La impronta menemista del tren
bala tampoco pasa desapercibida y las exageraciones retóricas de Kirchner contra
los "comandos civiles y grupos de tareas" sólo acentuaron la escasa credibilidad
de una política, que convierte a estrechos aliados en repentinos enemigos.
Este radicalismo verbal que anticiparon D´Elia y Bonafini enardeció a la
derecha, pero no suscitó simpatías populares, ya que un disperso reguero de
acusaciones no corrige la orfandad política. Mientras que De Angelis logró
entusiasmar a su base conservadora, las andanadas oficialistas no despertaron
una reacción equivalente.
La desconfianza popular es generada por la duplicidad gubernamental. La
tolerancia de la protesta ruralista contrastó la represión de un gobernador
kirchnerista a los empobrecidos de Jujuy. La misma diferencia de trato fue
ratificada con la auspiciosa recepción oficial que recibieron las carpas del
Congreso, mientras se repartían palos contra el intento de montar una olla
popular en Plaza de Mayo.
Pero el trasfondo del problema es el agotamiento del peronismo como movimiento
popular. Esta estructura política permite ganar elecciones y manejar el estado,
pero no despierta entusiasmo. Lo que actualmente se recrea en Venezuela ha
decaído en Argentina. Los Kirchner perdieron porque encabezan un movimiento que
arrastra demasiados desengaños y no reconstruirá un proyecto popular.
Justificaciones del progresismo Para los intelectuales que apoyan al gobierno el
éxito derechista confirma la magnitud del desafio oficial. Consideran que los
Kirchner confrontaron con los intereses del establishment en pos de un proyecto
redistributivo y que se perdió por la explosiva magnitud de los intereses en
juego (2).
Pero esta reacción de los conservadores no convierte al gobierno en exponente de
la causa popular. Este rol debería verificase en su conducta y no en el
comportamiento de los opositores. El aumento de la desigualdad y los subsidios a
los poderosos demuestran que el gobierno no se ubica en el campo de los
oprimidos, a pesar del rechazo que cosecha en el establishment.
La caracterización de un gobierno debe basarse en la acción que desarrolla y no
en las diatribas de Grondona o La Nación.
Una "simpatía por inversión" ("como la derecha lo ataca yo lo defiendo")
aproximó nuevamente al gobierno a un sector del progresismo. Pusieron sus
críticas entre paréntesis para ponderar a una administración que abrió "espacios
muy poco burgueses", en ausencia de "propuestas a su izquierda" y movimientos
con "demandas más avanzadas" (3). Pero en realidad estas opciones y esos
reclamos abundan, frente a un gobierno que les da la espalda.
Cada vez que irrumpió un conflicto social fuera de las estructuras oficialistas
la respuesta de los Kirchner fue adversa. Esta reacción ha sido coherente con la
política de reconstrucción del poder de los dominadores, que han implementado
desde el 2002. La derecha igualmente los rechaza porque son ajenos a la elite
conservadora, gobiernan arbitrando entre todas las fracciones capitalistas,
limitan los atropellos sociales y desenvuelven un discurso contestatario.
El progresismo confunde esta enemistad política con choques de intereses
sociales. No logra distinguir la primera divergencia de la segunda coincidencia.
Por eso atribuye la derrota actual a un manejo equivocado del conflicto y no al
compromiso con los bancos, la UIA y los pools de siembra.
Con esa visión tienden a repetir el mismo mensaje que ha puesto en boga el
ruralismo.
Algunos enfatizan la actitud monárquica de manejar país como a una provincia,
eludir el consenso y encerrarse en una lógica sectaria, como si este estilo
fuera una novedad en la tradición del Justicialismo (4). Otros objetan la
elección de protagonistas irritantes (5) o la reiteración de un discurso
setentista que "habla de la oligarquía y no se adapta a las mutaciones de la
época" (6). Esta última objeción despliega el peronismo disidente para
encarrilar el giro conservador.
Estos balances conducen a tender puentes con la oposición, en la misma línea que
reclama el establishment. Pero son conclusiones contradictorias con la reiterada
caracterización de un golpe en ciernes (7). Si hubo amenaza destituyente (es
decir acciones tendientes a preparar una asonada económico-institucional), en
lugar de concertar con el enemigo correspondería prepararse para una batalla más
radical.
Quiénes apoyaron al gobierno no han tomado nota de la escasa receptividad
popular de sus mensajes. Esta indiferencia obedece a que la publicidad oficial
resalta ciertos hechos ("se recuperó el empleo", "salimos de la crisis"),
encubriendo lo esencial (ausencia de reformas sociales, democratización política
y redistribución del ingreso).
Durante el conflicto muchos oficialistas repitieron las banalidades
constitucionalistas ("el gobierno defiende el interés general contra un interés
sectorial"), como si los Kirchner estuvieran desligados de compromisos con los
capitalistas. Hicieron hincapié en argumentos legalistas ("el gobierno ganó las
elecciones y debe ser confrontado en los comicios"), que frecuentemente se
utilizan contra las luchas sociales que apoya la izquierda (8). Si esos
criterios de estricta legalidad rigieran la vida política argentina todavía
gobernaría De la Rúa.
La izquierda ruralista
A diferencia de lo ocurrido en los últimos años, la intervención de la
izquierda en el conflicto quedó diluida. Este rol fue menos visible que en
cualquier otra crisis precedente, pero esta vez no por sectarismo, reyertas
internas o desaciertos tácticos, sino por el inusitado alineamiento de un sector
con el ruralismo.
Tanto el MST, como el PCR y Castells adoptaron una activa posición a favor de
ese bloque. Concurrieron a sus actos, custodiaron la Carpa Verde, aportaron
banderas rojas al mitin de Palermo, participaron de la vigilia que rodeó la
deliberación del Senado y finalmente celebraron junto a la Sociedad Rural. Han
construido un mundo al revés, para presentar este logro de la derecha como un
triunfo popular.
La principal justificación de semejante despropósito es el carácter masivo del
reclamo agrario que "gran parte de la izquierda no percibió", porque "compró los
cuentos del gobierno" y no "se molestó en visitar la realidad de los pueblos"
(9). Pero este alcance masivo de la movilización ruralista es un hecho
incontrastable que nadie objeta. Lo que está en debate es su carácter
progresivo. Como lo prueban los autonomistas de Bolivia, los estudiantes
Venezuela o los sionistas de Israel, una movilización reaccionaria puede atraer
multitudes. La historia de gorilismo argentino es un ejemplo familiar de esa
posibilidad.
Quiénes ignoran la existencia de rebeliones conservadoras con fuerte basamento
social consideran que la "izquierda perdió la brújula" al "ponerse en la "vereda
de enfrente del movimiento de masas" (10). Pero no registran que el punto de
partida de una política socialista radica en caracterizar cuál es la demanda en
juego y en advertir luego dónde se ubican los principales enemigos.
En este caso la exigencia de eliminar un impuesto a la renta agraria condujo a
toda la derecha a alinearse con el ruralismo. La simple presencia de la Sociedad
Rural y la Coalición Cívica exigiendo la anulación de las retenciones móviles
confirmó desde el inicio esa ubicación. Al actuar junto a ellos, la izquierda
ruralista cubrió de legitimidad una campaña por la rentabilidad de los
capitalistas.
Es cierto que las asambleas auto-convocadas impusieron un tono más belicoso a la
protesta, frente a dirigentes que preferían negociar. Pero esta conducta sólo
reforzó los nefastos efectos del lock out sobre el abastecimiento de los
alimentos. Es absurdo asimilar esta acción con una huelga. Los peones trabajaron
mientras sus patrones cortaban rutas, reclamando mayores ganancias y no mejores
salarios. Por esta razón la propuesta de radicalizar la protesta coincidió con
la beligerancia del PRO.
La presentación de una exigencia patronal como una demanda de los "pequeños
productores" fue desmentida por la perdurable alianza que mantuvo la Federación
Agrario con las restantes entidades. Buzzi y De Angeli no expusieron "una
correcta denuncia del modelo agropecuario" (11).
Jerarquizaron la derogación de las retenciones móviles y por eso el conflicto se
distendió con la anulación de esa resolución.
La analogía con la sublevación ocurrida hace siete años es totalmente equivoca
(12). Mientras que en ese momento los pequeños depositantes defendieron sus
ahorros junto a los desocupados contra los bancos, ahora la clase media actuó
junto a los dueños del agro-negocio.
Otros sectores de la izquierda ruralista -como el PCR- han cuestionado incluso
la validez de las retenciones, argumentando que este gravamen ha sido propiciado
"por la oligarquía para evitar un impuesto directo a la propiedad" (13). Pero
olvidan agregar que en la movilización reciente no se propuso superar esta
distorsión con mecanismos progresivos de recaudación.
Al contrario, se bregó por reducir al máximo cualquier gravamen para mejorar los
ingresos de los capitalistas. Quiénes se enorgullecen de "formar parte de
conducción de la FAA" han acompañado su involución, sin notar que el viejo
cooperativismo agrario afín a la izquierda se ha extinguido junto al avance de
la soja.
Durante al primer peronismo la izquierda fue sepultada por equivocarse de campo.
Sesenta años después un sector vuelve a repetir el mismo error.
Algunos justifican esta conducta, argumentando que era la única opción frente al
kirchnerismo. Pero en realidad existen muchas formas de batallar contra los
reaccionarios sin sostener al gobierno. La condición de este camino es reconocer
que la derecha "no es un fantasma" y se ubicó dentro del bloque ruralista.
Una política de izquierda
Durante cuatro meses el país quedó polarizado y no emergió una tercera
alternativa de rechazo del ruralismo conservador y crítica al gobierno. Hay que
reflexionar sobre estas dificultades, ya que es posible la reproducción de este
escenario en el futuro.
Un problema que podría reaparecer es el programa. Para intervenir en una crisis
es indispensable formular planteos asociados con los problemas en juego, para
construir puentes entre las preocupaciones de la población y las banderas de la
izquierda. En la crisis reciente este nexo obviamente incluía las retenciones
móviles, que motivaron la confrontación. Postular su aplicación transitoria como
impuesto progresivo para reducir el IVA y aumentar los salarios es un ejemplo de
esas conexiones. Cuándo todo un país está conmocionado por las retenciones es
indispensable recoger el tema y formular una propuesta.
Es cierto que las retenciones son un instrumento de política económica para
divorciar precios locales e internacionales, pero en los hechos se utiliza como
impuesto. Esta complejidad no justifica el silencio. Todos los argentinos
supieron durante el conflicto que se discutía un gravamen, cuya aplicación
progresiva para prioridades sociales estaba a la orden del día.
Es un grave error suponer que la vigencia o anulación de las retenciones móviles
constituye "un problema burgués ajeno a los interés de los trabajadores". Si
ambas situaciones fueran idénticas sería también indiferente la preeminencia de
impuestos a las grandes fortunas o al consumo popular. El problema es semejante
a las privatizaciones. Los despilfarros o arbitrariedades gubernamentales en el
manejo de las empresas públicas no tornan indiferente el carácter estatal o
privado del petróleo, los teléfonos o el agua.
Una falsa polarización volvió a dominar la vida política argentina y la
izquierda no logró avanzar en otra opción. Con la simple denuncia de una "lucha
entre capitalistas" en la que "todos son iguales" no se construye esa
alternativa, ya que ese mensaje convoca a la pasividad. En el incipiente espacio
"Otro camino para superar la crisis" comenzó a gestarse un curso de acción más
provechoso que debe ser profundizado
(14).
Notas: 1) Berensztein Sergio, "Las duras lecciones que deja la crisis", La
Nación, 12-6-08.
2) Es la conclusión de Mocca Edgardo. "¿Tuvo sentido el conflicto?". Página 12,
20-7-08. Esta caracterización predomina también entre los intelectuales de la
Biblioteca Nacional que firmaron la "Carta Abierta" (Foster, Casullo, H.
González, Soria).
3) Toer, Mario, "De ilusiones y realidades", Página 12, 6-12-08.
4) Argumedo Alcira, Solanas Pino, "Después de la votación" Página 12, 18-7-08.
5) "Si tengo problemas con la clase media no puedo elegir a Luís Di Elia para
que las persuada" Mocca Tuvo".
6) Sidicaro Ricardo, "Apenas ayer" Página 12, 19-7-08.
7) Giardinelli, Mempo, "Paisajes después de la batalla", Página 12,18-7,
Giardinelli, Mempo, "De golpes, Carmonas y tiros por la culata" Página 12,18-7).
8) "Las 200.000 personas de Rosario deben confrontarse con los ocho millones de
votos... Debe regir la ley", Vilas Carlos, "Es el poder", Página 12, 12-6-08.
9) García Sergio, "Del sectarismo al apoyo a Kirchner hay un solo paso".
Alternativa Socialista, n 478, 2-7-08.
10) Vaca Arturo, "Perdió la brújula" Alternativa Socialista 477, 19-6-08.
Ripoll Vilma, "Con los chacareros", Página 12, 3-7-08.
11) García Del sectarismo.
12) "En el 2001 había que apoyar a los pequeños depositantes y ahora a los
sectores medios del campo".García Del sectarismo.
13) Gastiazoro Eugenio, citado por Página 12, 8-6-08.
14) Los documentos que emitió este espacio puede consultarse en