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Europa

9 de marzo del 2004

¿Europa indefinible?

Alberto Piris
La Estrella Digital

Muchas de las polémicas suscitadas en torno a la configuración actual y futura de la Unión Europea (UE) pueden tener su origen en algo más profundo. Es lo que se refiere a cuestiones no bien respondidas todavía por quienes rigen los destinos de nuestro continente: ¿Qué es Europa? ¿Tiene límites definidos? ¿Quiénes se sienten europeos? ¿Por qué? O quizá las mismas cuestiones planteadas en negativo: ¿Dónde empieza lo que no es Europa? ¿Quiénes no se sienten europeos?

La cuestión no es baladí. Establecer constituciones, reglas, códigos de legislación común y otras normas que hayan de regir a un vasto y heterogéneo grupo de seres humanos requiere, como es elemental, saber quiénes son los sujetos de ese cuerpo legislativo y cuáles son sus coherencias o disparidades.

No es sólo una cuestión personal y subjetiva, como podría parecer a primera vista. Cada individuo tiene derecho a sentirse parte de algún grupo humano

-no en vano somos seres sociales-, pero no se le puede imponer esa pertenencia salvo como opresión, esclavitud o tiranía. Es legítimo, pues, sentirse europeos o no, y combinar, o no, esa sensación con otra de ámbito local, regional, nacional o estatal. Entra dentro de lo natural que un individuo pueda sentirse más afín con su grupo de amistades o con su peña deportiva que con cualquier otra idea colectiva de nivel superior. Al fin y al cabo, en aforismo latino, Patria est ubi bene: la patria es donde se está bien. Es también comprensible que alguien desdeñe las razones históricas o de filiación, con su inherente elemento nacionalista, y se vincule en exclusiva al presente que le ha tocado vivir, poniéndose el pasado por montera. La libertad personal se basa en esta capacidad para elegir.

También es posible el cambio de valoraciones causado por la persuasión. Uno puede acabar sintiéndose europeo mientras la realidad de Europa se configura fuera de él -y sin haberle pedido opinión alguna-, pero constata que esa realidad le es deseable: quiere ser europeo porque, siéndolo, advierte que completa positivamente sus valores personales.

Pero hay también otro importante factor no subjetivo, que podría llamarse objetivo si esta palabra no implicase cierta jactancia dogmática. Es el que depende de cómo consideran Europa quienes ahora están definiéndola y pueden imponernos a los demás sus percepciones personales. Aquí reside el otro núcleo esencial de esta difícil cuestión.

Por motivos que no todos comprenden -aunque es el resultado de la expresión de la voluntad popular en sendas consultas-, basta contemplar un mapa de la UE para advertir la ausencia de dos importantes países que nadie calificaría de extraeuropeos: Noruega y Suiza. Si políticamente ambos no dependen de las instituciones de Bruselas, monetariamente tampoco lo hacen Dinamarca ni el Reino Unido, lo que crea nuevos matices diferenciales. ¿Es menos europeo un londinense por no utilizar el euro? ¿Lo será más cuando use la moneda común?

La ampliación en diez nuevos países que la UE experimentará el próximo 1 de mayo es la antesala de una cuestión más difícil que habrá de abordar en diciembre y que afecta a lo que aquí se comenta: aceptar o no la futura adhesión de Turquía. La decisión que se adopte puede tener imprevisibles repercusiones de muy alta tensión. Si es positiva, será imposible rechazar en un hipotético futuro la pertenencia a Europa de Rusia, Ucrania o Bielorrusia, lo que extendería los límites orientales de la UE hasta el Pacífico. Si es negativa, implica arrancar las raíces culturales e históricas de la vieja Constantinopla, la Roma de Oriente.

Aparte están otras consecuencias inmediatas de aspecto político. ¿Sería gobernable una UE en cuyo seno existiese una nación de religión musulmana de más de 70 millones de habitantes? ¿Puede ser la religión un aspecto delimitador de la UE en el siglo XXI? De ser así, ¿por qué la religión sí y la lengua no? ¿Y la historia?

Otro factor también político: del mismo modo que en la España de la dictadura muchos tenían a Europa como la panacea que resolvería nuestros problemas, según recientes encuestas el 70% del pueblo turco espera de su incorporación a Europa una notable mejora de sus condiciones de vida. Sus dirigentes se esfuerzan por cumplir a tiempo las condiciones que impone la UE. La coincidencia en las aspiraciones del pueblo y el Gobierno turcos ha empezado a generar un efecto de bola de nieve; un rechazo frontal podría tener serias consecuencias en un país donde un Gobierno islámico comparte el poder con una arraigada y fuerte institución militar laica. Con el islamismo radical amenazando desde Marruecos a Indonesia, este aspecto habrá de influir mucho en la decisión que se adopte.

Algunos países europeos tienen especiales intereses en la "cuestión turca": Grecia y Alemania, sobre todo. Aquélla, por el conflicto territorial en el Egeo y la división de Chipre; Alemania, por su gran población inmigrante y sus históricos vínculos con Turquía. Entre líneas, no hay que olvidar que también EEUU vigila el proceso: no le interesa una Europa demasiado fuerte ni demasiado homogénea y habrá que desconfiar de su intervención en este asunto.

Aunque estos días sea el proceso electoral el que recaba nuestra atención, no deberíamos olvidar los españoles que otras cuestiones que van a determinar nuestro futuro se están decidiendo en unas esferas políticas a las que tenemos poco acceso y de las que nos llega poca información. Y en ellas se juegan nada menos que las cualidades de nuestra condición de europeos, que probablemente se definirán en refinados y herméticos comités, aunque se siga considerando nominalmente a la democracia como la esencia básica de Europa.
Alberto Piris
General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM