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Europa

12 de marzo del 2004

La siniestra semántica del once

Fito Rodríguez
Rebelión

No tiene nada que ver con el fútbol, pero parece que el número once está dejando en el comienzo de esta era huellas tan inquietantes como complejas. En efecto, ha sido en los albores de esta sociedad bautizada como de la información en la que la forma de entender el mundo ha nacido, casi con el mismo siglo, marcada por los acontecimientos trágicamente mediatizados de un fatal once de septiembre. Fue esta sociedad mediática la que despertó en una nueva época en la que el qué pensar, a quién creer o el qué opinar comenzó a estar marcado por los parámetros producidos en la difusión de los atentados contra las Torres Gemelas de New York. El hecho de que, tanto imágenes como testimonios, de ese desastre llegasen prácticamente al unísono a todos los rincones del planeta junto con la única e inamovible versión oficial de los hechos hizo de esta adición ( hechos vistos y sentidos con explicación unívoca a ellos adherida) la característica clave de los acontecimientos posteriores que encontraban en esa simple simbiosis su justificación, si no ideológica si, al menos, afectiva.

Resultó imposible poner en cuestión la versión oficial de todo ello, con culpables y terapia reconductora incluida. Las hipótesis barajadas por el poder dejaron claros los límites del discurso. Cualquier posibilidad de interpretación fuera de ellos fue calificada como intento de socavar la solidaridad occidental y de dar pábulo al enemigo ( ya dibujado/demonizado para el caso como terrorista islámico). Así, sin juicio ni pruebas se puso nombre e imagen a los responsables de aquellas acciones, se anunció la invasión de Afganistán y la ocupación de Irak, mientras que por ende ( y contra cualquier otro posible análisis) se utilizó a las víctimas del World Trader Center para asegurar un apoyo ilimitado que incluía la preservación del espacio de la masacre para recuerdo de la misma.

Hoy, sin embargo, sabemos que en ese lugar se construirá una nueva Torre gigante ( la mayor del mundo) y que el monumento preparado para aquellas víctimas ocupa un espacio tan subsidiario al propio proyecto de especulación que los familiares de los fallecidos no han podido más que rechazarlo de manera taxativa. También sabemos que en Afganistán no detuvieron a los autores de los hechos y que Irak no suponía una amenaza para la Paz de la humanidad. A pesar de todo, y como consecuencia de esta acciones, las garantías de respeto para los derechos humanos se han visto seriamente afectadas en todo el mundo mientras que la vida cotidiana de la población civil en Afganistán e Irak, lejos de mejorar, ha ido degradándose de manera progresiva. El misterio es, en esta tesitura, llegar a saber porqué siendo todo esto hoy evidente, no lo fue en su momento y, razones falaces y peregrinas, fueron tomadas por argumentos en la opinión pública.

El once de este mes de marzo vuelve a situarnos en una situación similar. Las muertes producidas por los atentados de Madrid son, como los atentados de la Gran Manzana, resultado de acciones indiscriminadas contra la población civil, han sido realizadas en la capital del Estado que más se implicó junto a los USA y el Reino Unido, en la justificación de la guerra contra Irak y la persecución del demoníaco terrorista islámico y, en fin, han dado como resultado una auténtica tragedia. De la misma manera que en el caso del siniestro once americano, ya hay para el once español un culpable y una satanización en marcha: ETA y la izquierda abertzale.

Las opiniones producidas y/o vertidas en los medios de difusión por políticos, intelectuales, periodistas e, incluso, profesores de periodismo, no contemplan más que esta versión oficial. Así, desde el lehendakari vascongado Ibarretxe al ministro del interior español, pasando por el presidente Aznar y todos aquellos que se han visto obligados a paralizar la campaña electoral, exigen a la izquierda abertzale su condena inequívoca de esta acción de ETA.

El problema es que los portavoces de esta izquierda, efectivamente, condenan sin paliativos este drama, pero plantean, con la misma rotundidad, que no se puede atribuir a ETA.

Ahora viene el dilema: ¿A quien creer?

El Gobierno español dice que ha sido ETA. La izquierda abertzale, que no.

Ante esta situación, evidentemente, el valor intelectual se convierte en la clave para la compresión. Esto es ¿ quien va a ser capaz de poner en cuestión la versión oficial en una coyuntura que se basa, precisamente, en la necesidad de unidad, afirmación y solidaridad común? Se trata de un problema, pues, tanto de credibilidad como de creencia, de fé y, en la misma manera, de superstición. Tanto es así que las mismas opiniones publicadas ( a las que pertenece ineludiblemente el propio discurso político) que han ido moldeando la opinión social hasta hacerla mansa, receptiva y pasiva, deberían plantearse ahora propiciar un tipo de pensamiento crítico que permitirse compara versiones dispares en vez de optar por el apoyo inquebrantable a creer una hipótesis sustentada sólo en la fe. Parece, a todas luces, imposible. Aquel que no crea la versión del Gobierno español o es un infiel o no es español.

El poder político necesita de servidores obedientes. Y del Diablo. José Bergamín nos decía ( y era católico) que aquellos que se educaron a la vera del monoteísmo necesitan de la superstición, no pueden vivir ( ni pensar) sin el recurso a la experiencia del demonio cercano (" La importancia del Demonio" 1932).

La policía española presenta a ETA como única responsable de los atentados del once de marzo en Madrid. ¿ Quien se atreverá, quién tendrá el valor intelectual, entre los políticos, para poner en cuestión la versión del pensamiento único? Sin retroceder mucho, ¿ recuerdan ustedes a quién culparon del incendio del Parlamento de Berlin? La cobardía de los políticos de entonces abrió las puertas del gobierno a Hitler, instigador y gestor, en última instancia, de aquella acción atribuida a las izquierdas de entonces.

En esa misma época fue bombardeada Gernika por los fascistas españoles e italianos y por los nazis alemanes, que extendieron la versión oficial de que había sido un acto de sabotaje de las propias fuerzas republicanas.

Prácticamente todos los corresponsales de prensa dieron cobertura unánime a esa versión. La excepción de George Sterr( "The Tree of Gernika") posibilitó el saber, posteriormente, quienes fueron los verdugos de Gernika ( El Parlamento español nunca a pedido disculpas por una acción que nunca ha querido contemplar).

Repitiendo muchas veces las mismas cosas puede uno acostumbrarase o entrenarse pero no aprender. Si queremos sacar alguna lección de estos hechos debemos ser capaces de pensar libremente, de opinar a pesar de la presiones y las versiones del poder. Hoy en día , decir que todas las hipótesis son válidas es, en el estado español, poner la versión oficial en solfa. Pero eso, y no otra cosa, es pensar, Hoy y aquí, un acto subversivo.

* Fito Rodríguez es Profesor de la Universidad del País Vasco