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Medio Oriente

2 de agosto del 2002

Israel: El ejército tiene un estado

Uri Avnery
Gush Shalom
Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Murió uno de los hombres ricos de la shtetl [aldea] judía. Las tradiciones judías exigían que alguien elogiara al difunto, concentrándose en sus virtudes. Pero nadie en toda la aldea estaba dispuesto a decir algo bueno sobre el odiado personaje.
Por fin un judío compasivo se sacrificó y dijo: "Todos sabemos que el difunto fue un hombre malo, cruel y codicioso. Pero, en comparación con su hijo, fue un ángel."
Me siento tentado de decir lo mismo de Shaul Mofaz, que dejó el puesto de Jefe de Estado Mayor hace unos días. Fue un comandante del ejército malo y abusador, con puntos de vista primitivos y crueles, que fracasó abismalmente en su tarea de lograr seguridad. Pero, en comparación con su sucesor, "Boogie" Ayalon, fue una maravilla.
En Israel, el cambio de jefes de estado mayor es más importante que el cambio de presidentes. Sólo el Primer Ministro es más importante que el Jefe de Estado Mayor porque el ejército posee una inmensa influencia en todos los aspectos de la vida.
Mirabeau, uno de los padres de la Revolución Francesa, acuñó la frase: "Prusia no es un estado que tiene un ejército, sino un ejército que tiene un estado." ¿Vale lo mismo en el caso de Israel?
En teoría, el ejército israelí depende de la dirección política. Después de todo, somos una democracia. El gobierno elegido toma las decisiones, el ejército las ejecuta. Es como debiera ser. Pero la realidad es mucho más compleja.
Ante todo, la elite política y económica está llena de antiguos generales. De los quince jefes de estado mayor que precedieron a Mofaz, dos incluso fueron Primer Ministro. El actual Primer Ministro es un general, y, después del asesinato del general Ze'evi, el ministro de turismo, quedan cuatro generales en el gabinete. Es agradable creer que una vez que un general se saca el uniforme, también elimina el enfoque militar, pero es una ilusión. Un general sigue siendo un general, un miembro de un grupo estrechamente unido que tiene un enfoque casi idéntico ante todos los problemas del estado.
Israel es el único país en el mundo democrático en el que el comandante del ejército asiste a las reuniones del gabinete. Frecuentemente, lleva consigo al jefe de la inteligencia del ejército (conocida por su acrónimo hebreo, AMAN.)
En el pasado, la influencia del Jefe del Estado Mayor en las deliberaciones gubernamentales era un hecho no declarado. Pero Mofaz la ha sacado a la luz del día, dictando a menudo sus puntos de vista al gabinete. Cuando declaró que, según su punto de vista "profesional," algo debiera o no ser hecho, ningún ministro tenía el coraje de contradecirle. Sólo el General Sharon se ha atrevido, infrecuentemente, a rechazar las proposiciones de Mofaz. El General Ben-Eliezer, el Ministro de Defensa, ha pretendido, a veces, que lo está haciendo, pero no pasó de ser una ficción.
El estatus del jefe de la inteligencia del ejército no es menos importante. Igual que el Jefe del Estado Mayor, es la única persona a la que se permite que exprese la "opinión del ejército," el jefe de AMAN es el único funcionario encargado de formular la "evaluación de la situación nacional". Ningún ministro del gabinete y ningún miembro del Knesset [Parlamento] se atrevería a expresar alguna duda sobre la evaluación de AMAN –a pesar de que esas evaluaciones han resultado ser erróneas en cada vuelco de la historia de la nación. Baste mencionar la evaluación del jefe de AMAN en vísperas de la guerra de Yom Kippur, que condujo a una catástrofe nacional.
Los generales tienen un látigo que ningún político puede atreverse a ignorar: el control absoluto de los medios de comunicación. Casi todos los "corresponsales militares" y los "comentaristas militares" son dóciles sirvientes del comando del ejército, que publican las informaciones del Jefe del Estado Mayor y de sus generales como si fueran sus propias opiniones. Casi todos los "corresponsales de asuntos árabes" son antiguos o actuales empleados de AMAN, que publican las informaciones de AMAN como si se tratara de sus propios análisis. Si un ministro se atreviera a rechazar las exigencias del Jefe del Estado Mayor o las evaluaciones de AMAN, los medios le caerían encima como una bomba megatónica.
En todos los programas noticiosos, los talkshows y las entrevistas de la televisión y de la radio, el número de generales actuales y antiguos, que opina sobre todos los temas imaginables, es casi increíble.
Todo esto, a propósito, se basa en la falacia de que los militares comprenden mejor que otros los problemas del estado y que sólo representan los intereses del estado, sin ningún interés personal. En realidad, el técnico militar es un experto en su terreno, como un fontanero o un médico, por ejemplo. Tal como el fontanero comprende los aspectos técnicos del alcantarillado y el doctor las técnicas médicas, el oficial superior del ejército entiende las técnicas de la utilización de la fuerza militar.
Naturalmente, ve todos los problemas a través de este prisma. No lo convierte en un experto en asuntos del estado, de la sociedad, de las relaciones internacionales o de las naciones extranjeras. Es seguro que no lo convierte en un experto en terrorismo, un fenómeno esencialmente político.
El ejército israelí es uno de los mayores del mundo. Consume una inmensa parte de los recursos nacionales –15 veces más que en Estados Unidos, calculado per cápita. Es un poderoso imperio económico que tiene una inmensa influencia sobre la economía en general (en la que muchas de las gigantescas corporaciones son controladas por antiguos generales.) Una gran parte del presupuesto de defensa es destinado a los salarios y pensiones de oficiales del ejército regular. (Los oficiales son generalmente jubilados con pensiones completas y generosas a la madura edad de 43.) El salario de un general es más elevado que el de un miembro del Knesset. ¡Pero Dios proteja al ministro del tesoro que se atreva a reducir el presupuesto de defensa! Sería denunciado inmediatamente como un Destructor de Israel, alguien que socava la Seguridad del Estado. Como resultado, el gobierno se ve limitado a reducir el sistema de seguridad social, que solía ser el orgullo del estado y que ahora está alcanzando rápidamente los niveles del Tercer Mundo.
Desde el luego, desde sus comienzos, el comando del ejército ha tenido una profunda influencia en la política del estado. Esto no es nada nuevo. Pero hay poca similitud entre el ejército de 1950 y el ejército de 2002. En aquel entonces, la mayor parte de los oficiales eran miembros de los Kibbutz con opiniones liberales y de izquierda. Esto ha cambiado por completo. Durante los 35 años de ocupación, ha tenido lugar una selección negativa. Personas humanistas, liberales, han escogido la alta tecnología y las ciencias y no han elegido una carrera militar. Los kibbutzniks están desapareciendo, en su lugar los colonos y los nacionalistas religiosos están gradualmente repletando los rangos superiores.
En la actualidad, el vasto establishment militar, con y sin uniforme, constituye un súper-partido, nacionalista y belicista, que cree en la utilización de la fuerza como la solución de todos los problemas. Está a favor de la ocupación y está íntimamente ligado a los colonos. Por su propia naturaleza es anti-palestino, anti-árabe y por lo tanto, anti-paz. La conformidad total que prevalece en el ejército asegura que todo el ejército piense como Mofaz y Ya'alon. Todo oficial que tuviera una opinión diferente se vería en el camino a la calle. Los cínicos podrían decir que todo es un asunto de interés creado: el poder, la influencia, y los privilegios de los oficiales superiores se basan en la crítica situación de la seguridad, la continuación de la ocupación y la interminable guerra.
Naturalmente, utilizan su influencia para perpetuar y escalar esta situación. Gente menos cínica diría que la propia mentalidad militar tiende en esa dirección: si se cree que la fuerza pura es la solución de todos los problemas, se empuja automáticamente al estado a una guerra permanente.
Un resultado de esto es que las mujeres –más de la mitad de la población- no tienen ninguna influencia en el futuro del país. El ejército es el reino de los hombres y del machismo. Las mujeres, en la mayor parte de los grados, se ven reducidas a servir café. En lo que respecta a su capacidad de influir en el futuro del país, la situación de los ciudadanos árabes, un quinto de la población, es aún peor.
Los jefes del ejército turco, que son buenos amigos de sus colegas israelíes, tienen una posición similar en su país. Turquía es una democracia; hay un presidente, un parlamento, un gobierno elegido. Pero el ejército se considera el guardián supremo del estado y de sus valores. Cuando el ejército decide que el gobierno se está desviando, le dice que se corrija. En casos extremos, el ejército lleva al gobierno a renunciar. En Israel, los procesos son más ocultos y complejos, pero el resultado es similar.
Mirabeau acuñó otra frase reveladora: "La guerra es la industria nacional de Prusia". Se podría decir que la ocupación es la industria nacional de Israel.
20 de julio de 2002