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Latinoamérica

Guerra de acero

Juana Carrasco Martín
Juventud rebelde

Otra asoma y ya se disparan los primeros proyectiles, pero este enfrentamiento es suigeneris; quienes en el campo de las armas aparecen como fuertes aliados, porque pertenecen a una organización común, la OTAN, aquí han entrado en franca guerra. De por medio están los intereses económicos y una disputa arancelaria sobre el acero, más la "constante pí" de los albores de este milenio: las imposiciones de Estados Unidos al resto del mundo.
George W. Bush decidió imponer hasta un 30 por ciento de arancel es al acero importado. Dice que actuó así para proteger su industria siderúrgica y evitar que le crezca el desempleo, aunque muchos intuyen también una disposición que tiene que ver con las elecciones congresionales del próximo noviembre.
Pero el pisotón a la competencia es grande y los gritos de protesta se escucharon de inmediato. No hay que perder de vista que en la mayor parte del mundo la actividad económica también estuvo tocando fondo a finales de 2001 y en ese abismo comenzaron el año que transcurre.
El temor generalizado reside en que Estados Unidos padezca una fuerte recaída en el proteccionismo que ha marcado sus relaciones comerciales en los últimos 50 años. De ser así, una nueva guerra comercial mundial anda en camino y en tal sentido lo advierte el presidente del Banco Central Europeo, mientras Francia considera la medida norteamericana como una acción "ilegítima e inapropiada".
Malasia aseguró que la posición de Washington representa "una negación del compromiso de ese país con la defensa del libre comercio". China evalúa la posibilidad de someter el caso a la consideración de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Japón, Corea del Sur, Rusia, Ucrania, Brasil, los productores venezolanos y la muy poderosa Unión Europea arremeten contra la decisión de Bush, el hijo, y las frases agrias no dejan de pronunciarse desde este miércoles belicoso en que el presidente de Estados Unidos anunció su ordeno.
Al siguiente día, el contragolpe no se hizo esperar. La Unión Europea —que aporta el 25 por ciento de las importaciones estadounidenses de acero— presentó oficialmente ante la OMC una demanda contra Estados Unidos. Otros seguirán el mismo camino, porque los intereses en juego son sustanciosos y todos y cada uno quieren ganar la partida.
En este conflicto tan singular, un golpe puede responderse contra quien pegó, pero además virarse hacia otro de los contrincantes. Por ejemplo, el acero asiático que no entre a partir de ahora en Estados Unidos, porque no puede competir con la aleación metálica estadounidense, podría desviarse hacia el mercado europeo... y de esa forma, el efecto dominó hará de las suyas.
Sin embargo, la institución que regula el comercio de casi todo el planeta desde su sede en Ginebra ha tomado las cosas con parsimonia y según lo estatuido todo tiene su tiempo para esta guerra anunciada. Dos meses de plazo para que las partes busquen por sí solas y de mutuo acuerdo una solución, si ello no ocurre, un árbitro dictará sentencia en un plazo de seis a nueve meses.
En el interín, Europa también puede aplicar sus propios aranceles extraordinarios o lo que es lo mismo, represalias comerciales. Con el contagio, todo el comercio mundial entrará en la trifulca. Subirán precios, cerrarán industrias, los pequeños sucumbirán una vez más ante los grandes y los golpes verdaderos y contundentes harán de todos y cada uno de los mortales comunes el puching bag perfecto.