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Internacional

19 de mayo del 2002

Nueva York en llamas y Bush haciendo negocios

Michael Colby
Counterpunch
Traducido para Rebelión por Germán Leyens

La decisión de enviar a Condoleezza Rice a que enfrentara ante los periodistas para restar importancia a la nueva evidencia de que la Casa Blanca tuvo advertencias creíbles sobre los planes de Osama ben Laden de secuestrar aviones fue una inmensa bofetada a la razón. Los dos principales argumentos de Rice al tratar de disminuir el conocimiento previo de Bush no poseían la credibilidad de las advertencias de secuestros.
Primero, Rice declaró que al hablar de secuestros no decían nada sobre "el uso de los aviones como misiles". El razonamiento de Rice ignora los informes internos del Buró Federal de Investigaciones (FBI) de que por lo menos un estudiante se había acercado a una escuela de vuelo solicitando entrenamiento en todos los aspectos del vuelo de grandes aviones con la excepción del despegue y del aterrizaje. Para una agencia de inteligencia con un presupuesto y poder personal prácticamente ilimitados, no debería ser tan difícil sumar dos más dos.
Después, Rice pasó a declarar que si la administración Bush hubiera querido hacer algo preventivo con respecto a las amenazas de secuestros, hubiera resultado en un grave trastorno del tráfico aéreo comercial. Fuera de ser bastante insensible hacia las casi 5.000 personas que perdieron sus vidas, esta excusa es simplemente ridícula.
Resulta que estos secuestros causaron un grave trastorno de la industria aeronáutica, pero sólo después que los hombres de ben Laden realizaron su tarea en lo que consideraron cuasi-perfección. El 11 de septiembre no fue hace tanto tiempo como para haber olvidado que clausuraron todos los aeropuertos del país, que las líneas aéreas recibieron miles de millones de dólares en ayuda de emergencia, y que los reguladores federales cambiaron de inmediato (y de manera dramática) la forma en la que todo hombre, mujer, y niño emprende el acto de volar.
La realidad desconcertante, no importa cuánto sesgo la administración Bush y sus aduladores medios le pongan, es que se mantuvo en secreto y se ignoró la evidencia creíble de un ataque por un grupo de personas que cada funcionario de la inteligencia de EE.UU. sabía que eran fanáticos y suficientemente capaces de infligir amplios daños.
Imaginemos, por ejemplo, ¿si el círculo interno de Bush hubiera invertido la misma cantidad de tiempo y de retorcimiento de manos en la implementación de un plan para enfrentar esta amenaza de secuestro, como la que gastó en liquidando sus carteras de inversiones de Enron? Es decir, se recordarán, cuál era la preocupación que tenían durante el verano de 2001 los funcionarios con información bursátil confidencial vueltos colaboradores de Bush, cuando las amenazas de secuestro llegaron a la administración.
Finalmente, el público debería ser informado por qué costó más de ocho meses después de este ataque antes que la información llegara a ser conocida. No olvidemos que EE.UU. entró en guerra por esta acción, diezmando a una nación, llevando al caos la seguridad del globo, y, lo que es bastante interesante, sin haber logrado hasta ahora "capturar a nuestro hombre". Cada miembro del Congreso que se apresuró en llegar a su estrado después del 11 de septiembre para pedir venganza y para darle a la administración lo que equivalía a un cheque en blanco para la guerra, debiera estarse haciendo preguntas sobre la evidencia que su propio gobierno le ocultó. ¿Qué hubiera sucedido, si durante esos días frenéticos después de los ataques, el público y el Congreso hubiesen sabido que el equipo les estaba ocultando evidencia sobre la advertencia de los ataques?
La mayor parte de los medios de comunicación -particularmente los expertos y los talk shows derechistas- están ocupados deformando la revelación de las advertencias sobre los secuestros como mucho ruido por nada. Pero esta nación perdió 3.000 ciudadanos, las "joyas de la corona" del perfil de Manhattan, nuestro sentido de seguridad, y preciosas libertades cívicas, para no hablar del lanzamiento de una despiadada guerra contra Afganistán, cuando el equipo Bush sabía que los actos que iban a crear todo el lío iban a sobrevenir.
Irónicamente, los mismos miembros conservadores del Congreso y de los medios que buscaron como maniáticos la acusación formal contra Bill Clinton por haber sido el receptor de una chupada, declaran ahora que el previo conocimiento de Bush de lo que equivalía al "peor ataque jamás habido sobre nuestro suelo" era en realidad una cosa sin gran importancia. A buen entendedor...
17 de mayo de 2002
Michael Colby is editor de Wild Matters. Su correo: mcolby@wildmatters.org