VOLVER A LA PAGINA  PRINCIPAL
Internacional

14 de mayo del 2002

Historias encadenadas

Vijay Prasha
Counterpunch
Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Yihad: El ascenso del Islam militante en Asia Central por Ahmed Rashid; New Haven: Yale University Press, 2002
El choque de los fundamentalismos: Cruzadas, Yihads y la Modernidad por Tariq Ali; Londres: Verso, 2002

Se podría decir que el problema comenzó al brotar el petróleo del suelo del desierto para edificar, lo que el más distinguido, pero exiliado, novelista de Arabia Saudita, Abdelrahman Munif llamó las "ciudades de sal". O, podríamos decir que comenzó en enero de 1957 al firmar un tratado el Presidente Dwight Eisenhower y el monarca saudí, convirtiendo la defensa de la península en parte del interés nacional de seguridad de Estados Unidos. Cualquiera que sea el origen de la crisis en lo que se llama de manera tan displicente el Oriente Próximo, o Asia Occidental, es difícil de negar el papel de Arabia Saudita como personaje principal. La Doctrina Eisenhower reconoce que los saudíes constituyen un pilar fundamental del imperialismo de EE.UU.; La actividad disidente de Osama bin Laden en todo el mundo desde 1990-91 tiene que ver con el reinado de la familia saudí sobre los sitios sagrados del Islam; además, el crecimiento del Islam Wahhabí en los países del petróleo y en otras partes es el resultado del intento saudí de exportar su forma de conservadorismo social para diezmar la oposición nasserista (o nacionalista radical) y la oposición comunista. La "tolerancia de Arabia" es una parte vital de nuestro mal actual.
Cuando los Oficiales Libres de Gamel Abdul Nasser tomaron el poder en Egipto en 1952, enviaron un mensaje por las tierras del petróleo diciendo que "el Petróleo árabe es para el Pueblo Árabe", o como lo presentó la oposición comunista sin chovinismo étnico, que el petróleo debiera ser utilizado en función de los intereses del pueblo. No podían permitir una cosa así, ni los actuales gobernantes del petróleo ni sus caciques imperiales. Antes que el imperio británico se retirara del servicio activo en Asia Occidental, erigió una serie de monarquías creadas con nobles saudíes leales –tales como el clan Ibn Saud (en la época sólo Sultán de Nayd) colocado al mando de Arabia Saudita (1915), y luego el acceso de los hijos del Emir hachemita Husein, conservador de los sitios sagrados en Arabia, a los tronos de Jordania (Abdullah, en 1921) e Irak (Faisal, en 1921), para no mencionar el cultivo de la amistad con la familia Pehlavi en Irán (el coronel Reza Khan de la Brigada Cosaca Persa, creó la dinastía Pehlavi después de un golpe en 1925). Estos petro-jeques, ansiosos de continuar en el poder, vendieron su legitimación secular al imperialismo para lograr que sus tronos permanecieran intactos. La alianza petrolera cultivó y financió tendencias militantes islámicas de derecha para debilitar el nacionalismo radical y el comunismo desde Egipto a Irán y más allá. La primera prueba importante confrontada por esta estrategia vino durante el derrocamiento por la Agencia Central de Inteligencia y Pehlavi del líder iranio de tendencias izquierdistas, Mossadeg (1953): funcionó, y continuó funcionando en Afganistán (de 1979 en adelante) y en otras partes.
Así que nuestro actual predicamento, después de los ataques suicidas contra Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001, ha sido forjado por la alianza del imperialismo de EE.UU., los petro-jeques y las corrientes virulentas del Islam militante. Esta troica provoca un sufrimiento inenarrable a los pueblos del mundo, y promete, en su llamado choque entre ellos, socavar la importancia de una genuina lucha de los pueblos contra la canibalización del mundo a favor de los intereses del capital.
Impulsados por el deseo de publicar libros de actualidad, las editoriales ofrecen una pila de textos sobre el 11 de septiembre y sus consecuencias. Escritores que cubren el área en general han producido excelentes informaciones sobre esta historia y su condición actual, y entre esos escritores hay dos paquistaníes que son especialmente notables: Ahmed Rashid y Tariq Ali. Entre el 11 de septiembre y el comienzo de la Quinta Guerra Afgana (7 de octubre de 2001), "Talibán: Petróleo y Fundamentalismo en Asia Central" (2000) de Rashid llegó a la cúspide de la lista de los libros más vendidos del New York Times. Como un estudio más accesible de los antiguos gobernantes de Afganistán el libro de Rashid permitió que mucha gente dentro de EE.UU. comprendiera a aquellos que pronto se iban a convertir en sus enemigos. De muchas maneras, el nuevo libro de Rashid, "Yihad," continúa esa obra.
Yendo hacia el Norte desde Afganistán, Rashid nos lleva por las rutas de retirada de los talibán y de al-Qaeda – para encontrar a las organizaciones islámicas militantes de Asia Central, desde el Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU) al Partido del Renacimiento Islámico (IRP) basado en Tayikistán. La mayor parte de la gente sabe poco de esa región, una zona de tradiciones y leyendas, pero que desde 1991 se ha convertido en una colmena de disputa entre los ulemas y la nomenclatura, entre diferentes teorías sociales de gobierno y rebelión. Este conflicto se relaciona con el problema de la inestabilidad asiática, y Rashid tiene razón al alentarnos a aprender sobre la historia actual de la región en lugar de emocionarnos por la Ruta de la Seda.
De Tariq Ali, entretanto, nos viene un libro extraordinario, tal vez el mejor que haya escrito. "El Choque de los Fundamentalismos" contiene una amplia historia secular del Islam, una biografía humorística de Ali y su importante familia, y un astuto análisis del destino político de una región que se extiende desde las tierras árabes a Asia del Sur. Éste es el libro que debiera haber sido escrito por ese otro gran pensador paquistaní, Eqbal Ahmad, si no hubiera fallecido hace unos pocos años. De Ali, recibimos un sentido de la constitución mutua del terror por la nefasta troica del imperialismo de EE.UU., las oligarquías del petróleo y los disidentes yihadíes.
El libro de Tariq Ali comienza con una línea memorable ("Nunca creí realmente en Dios") y pasa a lanzarse en una cuidadosa discusión de su relación con el Islam. Aunque sus padres rechazaron a Dios por la Revolución, creció en un medio en el que el Islam jugaba un papel importante. Nacido justo antes de la Partición del Subcontinente, Ali vivió en una país del que se había determinado que sería para musulmanes, así que aun su voluntad atea no pudo evitar el mundo del Islam.
Pero, como señala, no fue hasta la Guerra del Golfo (que llama la Tercera Guerra del Petróleo, aunque al hacerlo se olvida de las llamadas Guerras de la Droga en Sudamérica, que también tienen que ver con el petróleo) que comenzó a interesarse por el Islam. Frustrado por el profundo control que las elites confesionales tenían sobre los musulmanes, Ali se hizo una pregunta que refleja su enfoque ante la fe en su libro: "¿Por qué no ha habido una Reforma en el Islam?" (p.23). Sus estudios nos muestran que durante los primeros 700 años de su existencia, el Islam fue una tradición vibrante – "con una sensación perfectamente jacobina" en sus primeros años (p.24), el Islam "prosperó a través del contacto con otras tradiciones" (p.38). El contacto provino no sólo del judaísmo y del cristianismo, sino también del trabajo de filósofos de las antiguas escuelas de Alejandría, desde los neoplatonistas (especialmente hacia el sufismo), de la elaboración del trabajo de los antiguos griegos, y todo esto desde el complejo mundo social de la España árabe y de la Sicilia árabe.
Se nos da una maravillosa visión del mundo del erudito persa Ibn Sina, del filósofo cordobés Ibn Rusd, del psicólogo árabe Ibn Sirin – el libro es valioso incluso si fuera sólo por estas actuaciones especiales. Podríamos agregar a esta lista, el vibrante contacto entre el Islam y las tradiciones filosóficas del Subcontinente, encontradas especialmente en el iluminado texto del reino de Akbar, Ain-i-Akbari (1596).
El que Ali no responda directamente la pregunta que se formula él mismo, podría parecer una debilidad de la primera parte del libro. Yo, sin embargo, tiendo a pensar que la respuesta es la siguiente: Que el Islam tuvo una Reforma en espacios como Córdoba, pero que las vicisitudes de la historia (concretamente, la Reconquista de la península ibérica del control musulmán por las recién unificadas Coronas de Aragón y Castilla) debilitaron el lado progresista del Islam y reforzó a los conservadores (que serían representados por los wahhabíes 300 años más tarde).
La II Parte del libro de Ali ("Cien Años de Servilismo") suministra la clave del desarrollo del Islam militante, y al hacerlo explica la pérdida de la tradicional dinámica progresista. En el siglo XVIII, Ibn Saud de Nayd e Ibn Wahhab firmaron un mithaq, un acuerdo vinculante hasta la eternidad, para cosechar el fervor espiritual de Ibn Wahhab a favor de la ambición política de Ibn Saud. "Así se estableció la base para una intimidad política y confesional que daría forma a la política de la península. Esta combinación de fanatismo religioso, crueldad militar, vileza política y la sujeción de las mujeres, para consolidar alianzas, fue la primera piedra para la dinastía que gobierna actualmente Arabia Saudita" (p75).
Inspirándose en el novelista Munif y el poeta Qabbani, Ali ofrece una vista panorámica de la devastación del siglo pasado –partiendo de la consolidación de los saudíes (ese "reino de la corrupción"), hasta la ruina del Irak de Sadam Husein. Los capítulos están bien escritos, y son sólidos en su análisis, pero se nota la ausencia de la troica (el imperialismo, los petro-jeques, los yihadíes disidentes). Desde luego están presentes aquí y allá como actores, pero no como culpables de la devastación cultural de Asia Occidental y de África del Norte. En la sección sobre Irak, Ali argumenta que la acción imperialista no es antitética frente a la "hegemonía de Irak", o a la "espada del Islam" en un poema anterior a 1900 de una princesa kuwaití (p. 138), y por cierto, que los destructivos bombardeos de Irak "no reducen sino que alimentan la criminalidad, de los que la ejercen. Las guerras del Golfo y de los Balcanes son ejemplos de antología del cheque en blanco de un vigilantismo selectivo" (p.150), y de nuevo, "la combinación de la ira y la desesperación llevará a más y más jóvenes en el mundo árabe y en otras partes a sentir que la única respuesta ante el terror estatal es el terror individual" (p.153). La mayor parte de los 19 hombres del 11 de septiembre provenían de Arabia Saudita, armados no sólo por el Wahhabismo, sino sobre todo por una profunda antipatía contra el imperialismo de EE.UU. (convertida a menudo en un odio contra los estadounidenses) –ya que el régimen saudí no permite ninguna expresión de esa animosidad, los medios tácticos adoptados por esos hombres en su sentimiento de impotencia, tenían que ser grotescos.
La última sección del libro lleva a Ali de retorno al Subcontinente. Aquí ofrece un análisis de los lazos entre Pakistán y EE.UU., y sus efectos en la sociedad paquistaní, Afganistán y Cachemira. Cuando la Izquierda tomó el poder en Afganistán (antes de la intervención del ejército soviético), "la Guerra Fría había alcanzado a los pamires. La tentación de provocar, aislar y derrotar a Moscú resultó ser demasiado poderosa. Un sórdido dictador militar [Zia] se convirtió en el instrumento a través del cual se conduciría esa campaña. Todo lo demás estaba subordinado a ese único objetivo. Para derrotar a la Unión Soviética, dos países –Pakistán y Afganistán – fueron totalmente hechos polvo. El Islam fundamentalista y la producción de heroína crecieron a la par" pp. 189-190). La dinámica de la modernidad afgana, desatada por el golpe de Daud de 1973, y de la modernidad paquistaní, puesta en movimiento por la rebelión de estudiantes y trabajadores que derribó la dictadura de Ayub en 1968, se estancaron en función del interés del imperialismo de EE.UU. Al Norte del Amu Daria y de las montañas Pamir, si Tariq Ali hubiera seguido los pasos de su compatriota paquistaní, Ahmed Rashid, podría haber llevado más lejos su análisis. Asia Central, en aquel entonces parte de la Unión Soviética, llegó a formar parte una vez más de esta historia –el relato del imperialismo de EE.UU., de los petro-jeques y de los yihadíes disidentes.
Aislada del mundo de los saudíes por su lugar dentro de la Unión Soviética, Asia Central se ató económica y políticamente a la federación en lugar de hacerlo con sus vecinos del Sur y de otras partes. Adhmed Rashid da gran importancia al ataque soviético contra la religión en la región, así como al intento de Stalin de dividir a los pueblos de la región en repúblicas sin homogeneidad étnica. Sin embargo, incluso él admite, "A pesar de toda la represión que introdujeron, los soviéticos también realizaron reformas progresistas, creando una educación y servicios sanitarios de masas, el crecimiento de la industria, el desarrollo de métodos mecanizados de cultivo e irrigación, y una infraestructura de comunicaciones que estaba totalmente integrada con Rusia" (p.37). En el Congreso de Bakú de 1920, el camarada Narbutabekov, describió un camino a seguir para los comunistas en Turkestán: "Déjenme decirles, camaradas, nuestras masas turquestanas tienen que luchar en dos frentes: contra los ulemas reaccionarios que hay entre nosotros, y contra las estrechas inclinaciones nacionalistas de los europeos locales. Ni el camarada Zinoviev, ni el camarada Lenin, ni el camarada Trotsky conocen la situación real, lo que ha estado sucediendo en Turkestán durante los últimos tres años. Debemos hablar francamente y pintar un cuadro real de la situación en Turkestán."
No pasaron dos décadas antes que Narbutabekov cayera víctimas de las purgas, pero en su importante discurso presentó el potencial del chovinismo ruso. Por cierto, dos años después de Bakú, Lenin advirtió: "la 'libertad de separarse de la unión' por la que nos justificamos, pasará a ser no más que un trozo de papel, incapaz de defender a los no-rusos del ataque de ese ruso de verdad, el gran chovinista ruso –esencialmente un pillo y un tirano, tal como lo es el típico burócrata ruso.·" Rashid no entra en tantos detalles sobre las contradicciones de la política soviética, así que pareciera como si los problemas en Asia Central fueran ahora un regalo del pasado soviético.
Por cierto, uno de los puntos centrales de Rashid es que la supresión del Islam y el control estatal de la economía producen movimientos islamistas militantes, como los tres que él estudia:
el IMU, el IRP y el Hizb ut-Tahir (HT). Sharif Himmatzoda, un antiguo comandante militar del IRP durante la guerra dirigida por el IRP contra el Estado desde 1992 a 1999, y ahora miembro del actual gobierno, le dijo a Rashid: "El proceso de paz en Tayikistán puede ser modelo para Asia Central si todas las partes quieren construir la paz igual que nosotros. Pero los gobiernos en la región tienen que cambiar sus actitudes hacia los movimientos islámicos para darles una forma legal, constitucional, para expresarse y jugar un papel en la construcción del estado. Si no lo hacen, la gente se unirá a los extremistas" p.109). Basándose en ese tipo de evaluación política, Rashid afirma: "El crecimiento del IMU, el grupo militante islámico más poderoso que opera en Asia Central en la actualidad, que realiza incursiones anuales en Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y en otras partes en el valle de Fergana, puede ser relacionado directamente con la negativa del Presidente de Uzbekistán, Islam Karimov, de permitir que los musulmanes practiquen su religión y con su actitud extrema hacia toda expresión religiosa o frente al disenso político" (p.85). Sin duda la intolerancia religiosa alimenta a los extremistas, pero Rashid no analiza adecuadamente la diferente valencia entre el derecho de culto y el ingreso de partidos religiosos al gobierno del estado. Si dejamos de lado el desafío al secularismo que significaría una política semejante, los tres grupos yihadíes analizados en el libro no ofrecen nada constructivo. "Los nuevos grupos yihadíes no ofrecen una plataforma económica, ningún plan para un mejor gobierno y la construcción de las instituciones políticas, ni un programa para la creación de una participación democrática en el proceso de toma de decisiones en sus futuros estados islámicos" (p.3), y más adelante, "[El HT] enfrenta los problemas internacionales del mundo islámico tales como el conflicto israelí-palestino o la llamada 'conspiración sionista contra el Islam' en lugar de las preocupaciones de la gente de Asia Central: el aumento de los precios, la desocupación, y la falta de instalaciones para la educación" (p.123). Del mundo del "Islam tradicional" no nos llega tampoco un sentimiento de la agenda política, y los únicos ejemplos que tenemos son de aquellos como Himmatzoda, él mismo un antiguo yihadí. No hay, por ello, ninguna razón para que los regímenes acepten que los grupos religiosos ingresen al mundo de la conducción de los gobiernos. Que deben permitir la libertad de expresión es, por cierto, necesario.
Si los yihadíes no prestan mucha atención a los problemas concretos de Asia Central, lo que sí hacen, documenta Ahmed Rashid, es promover la agenda wahhabí de los yihadíes saudíes. Es más, palestinos de la diáspora fundaron el HT en Arabia Saudita y Jordania en 1953 para promover un renacimiento islámico similar al del wahhabismo. Aunque las dos tendencias cooperaron durante décadas, se separaron por motivos tácticos: mientras los wahhabíes exhortaban a la guerra de guerrillas, el HT está dedicado a la transformación pacífica (p. 118). Incluso en Asia Central, donde el HT tiene muchos adherentes, no son capaces de marchar al paso de sus otros dos rivales islámicos, el IRP (que solía ser una guerrilla) y el IMU wahhabí. Tohir Yuldeshev, el líder del IMU, realizó campañas contra Uzbekistán desde Tayikistán desgarrado por la guerra de guerrillas, y luego (después de los acuerdos en ese país), se trasladó a Afganistán, y finalmente a la sombra de los Inter-servicios de Inteligencia de Pakistán (ISI). Dinero saudí, iranio y turco apoyó al IMU a través del ISI, mientras los jóvenes combatientes del IMU se entrenaban en las madrazas en el Norte de Pakistán. "Yuldeschev comenzó a recibir considerables donativos de esta comunidad comercial y empresarial saudí-uzbeka a través de un influyente hombre de negocios que mantenía estrechos contactos con algunos de los príncipes saudíes, incluyendo al jefe de la inteligencia saudí, el Príncipe Turki al-Faisal" (p. 141). Juma Namangani, el jefe militar del IMU, "tenía dinero de los saudíes" (p.152), y, afirma Rashid, puede haber recibido ayuda clandestina del gobierno ruso ansioso de fomentar problemas en Asia Central a fin de establecer su papel de protector (p.178).
Para Rashid, la solución al mal en Asia Central es triple: más democracia en las repúblicas, con un acomodo para los partidos islámicos moderados; intervención de EE.UU. y de las Naciones Unidas para crear alguna forma de estabilidad; finalmente, préstamos y programas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial para facilitar el desarrollo social. Requeriría demasiado espacio entrar en las complejidades de cada país, así que tomaré sólo Uzbekistán como ejemplo para demostrar las limitaciones del marco propuesto por Rashid. Sin duda, Islam Karimov ha devastado a la oposición y ha erigido lo que equivale a un estado de un solo partido (aunque no se ha elevado al nivel de un icono como el Presidente Niyazov de Turkmenistán). En abril de 2001, como en 1995, el FMI cerró su oficina en Tashkent, pero no por la situación de los derechos humanos. Como señala Rashid, la agencia se fue "criticando duramente la falta de reformas del régimen" (p. 81). Lo que no dice Rashid es que incluso si la población de Uzbekistán sufre penurias (con un 80 por ciento de desocupación en el valle de Fergana), una pequeña industria artesanal entre los economistas del FMI estudia el "Puzzle del Crecimiento Uzbeko" (un buen resumen se encuentra en el ensayo de Jeromin Zetterlmeyer en la edición de septiembre-diciembre de 1999 de los Documentos del Personal del FMI). El fuerte control del Estado por Karimov ha asegurado el crecimiento, aunque no haya posibilitado la participación de la población. El representante del FMI Christoph Rosenberg dijo, en abril, que su agencia se fue de Uzbekistán porque "no es un clima empresarial que contribuya a las inversiones extranjeras" (p.179), o sea que, en otras palabras, por las artimañas de las firmas europeas y de EE.UU. Cuando los intereses del imperialismo cambiaron después del 11 de septiembre, el FMI y el Banco Mundial retornaron al país sin importar si había habido algún cambio en la situación democrática. Así que el FMI y el Banco Mundial no son agentes viables de regeneración. En el caso de Uzbekistán, Rashid acepta que EE.UU. no es un actor imparcial:
"EE.UU., inicialmente un severo crítico del atroz historial de derechos humanos de Karimov, ha enterrado casi por entero el tema desde 1995, y ha aumentado sus inversiones en la región por preocupación sobre Afganistán, un deseo de aislar a Irán, y por temores por la creciente influencia rusa en Asia Central" (p.82). En 1995, justo cuando el FMI se retiró de Uzbekistán, los militares de EE.UU. firmaron un acuerdo con los militares uzbekos para realizar ejercicios conjuntos en el valle de Fergana, un sitio perfecto para entrenarse para la Quinta Guerra Afgana (Rashid se equivoca al decir que esos ejercicios sólo comenzaron en 1998, p.83, porque la primera serie tuvo lugar en 1996. después del tratado del 13 de diciembre de 1995), cuando Uzbekistán se adhirió a la Asociación por la Paz de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. El comercio entre EE.UU. y Uzbekistán también aumentó, de 50 millones de dólares en 1996. a 420 millones de dólares en 1997. Después del 9 de septiembre de 2001. el Secretario de Defensa de EE.UU., Donald Rumsfeld llegó a Tashlent y consiguió permiso para que las tropas de EE.UU. utilizaran bases uzbekas; dos días más tarde, las dos partes firmaron un pacto que establecía "una nueva relación desde el punto de vista cuantitativo basada en un compromiso a largo plazo para hacer progresar la seguridad y la estabilidad regionales" (p.184). En otras palabras, el imperialismo de EE.UU., por primera vez, tiene una base militar permanente y la capacidad de convertir esa fuerza militar en capital político en la región. Toda la palabrería sobre los Cinco de Shangai (Tayikistán, Turkmenistán, Kirguizistán, China y Rusia) o sobre otros enfoques regionales para la solución de problemas está ahora aparcada a favor de la intervención de EE.UU. como un así llamado "mediador". Además, la propia interpretación de Rashid del "Nuevo Gran Juego" (tanto en este libro como en el anterior "Talibán) subraya los intereses económicos del imperialismo de EE.UU., tanto en las reservas petrolíferas como en los campos de gas natural (se dice que sólo los de Turkmenistán son los séptimos en tamaño del mundo). Los intereses de esta naturaleza caracterizan la intervención del gobierno de EE.UU. en los conflictos en Asia Central. La perspectiva de Rashid obstruye la visión de las presiones de EE.UU. que exacerban las crisis. Nos deja con lo mejor del liberalismo, con un sentido de que las reformas económicas del tipo del FMI y las reformas democráticas según la pauta de EE.UU. debilitarán la base de los rebeldes militantes. El maravilloso material de Rashid es disminuido por un marco que es incapaz de mostrarnos cómo el imperialismo de EE.UU., por ejemplo, forma parte integral del problema y que sus instituciones (tales como el FMI) no ayudarán a resolver el embrollo de Asia Central.
Si sólo Tarik Ali hubiera revisado el manuscrito de Yihad antes que partiera a las prensas. Ésta es su evaluación de nuestro problema: "[La] abdicación de su papel tradicional por parte de un estado corrupto y decadente [habla de Pakistán, pero podría aplicarse a cualquiera de los de la región] combinada con las recetas económicas neoliberales fundamentalistas transmitidas por los ayatolas del FMI y del Banco Mundial ayudaron a entreabrir el Islam político" (p.195). El FMI, el Banco Mundial y el imperialismo de EE.UU. no son aliados en la guerra contra la intolerancia. La tarea ahora es desenmarañar esa sabiduría y rechazar ambos fundamentalismos.
10 de mayo de 2002
Vijay Prashad , es Profesor Adjunto y Director del Programa de Estudios Internacionales, Trinity College, Hartford, Estados Unidos. Esta crítica apareció originalmente en Frontline, la revista quincenal publicada en India.
El correo de Prashad es: Vijay.Prashad@trincoll.edu