VOLVER A LA PAGINA  PRINCIPAL
Argentina: La lucha continúa

La Argentina del 20 de diciembre cumplió dos años

Daniel Campione


Se han cumplido dos años de las jornadas del 19 y el 20 de diciembre. Como el año pasado, se marchó a Plaza de Mayo para recordar las jornadas y a los caídos durante su transcurso. Nuevamente las marchas fueron varias. De nuevo fueron multitudinarias...Es un buen momento para examinar la situación argentina a la luz de estos dos últimos años.

Un poco de historia


El 20 de diciembre fue el comienzo de un tiempo nuevo. Tuvo el laborioso preámbulo de las luchas de Cutral Co, de Mosconi, de General San Martín, de La Matanza, de las primeras fábricas recuperadas que radicalizaron sus planteos, como Zanon. El de la aparición de los ‘piqueteros’ como una nueva identidad, una respuesta que ya no era un ‘combate de retaguardia’ para defenderse de privatizaciones y desregulaciones, sino un modo de enfrentar a la nueva situación que planteaba la creación de formas renovadas de organización y lucha, e incluso una revisión de las prácticas tradicionales de la izquierda. Visiones contestatarias, tendencialmente anticapitalistas, lograron una penetración, una capacidad de movilización, nunca vistas antes en la Argentina. Mientras el sindicalismo burocrático se replegaba hasta bordear la inexistencia práctica, en tanto los partidos políticos tradicionales perdían toda influencia que no derivara del sometimiento clientelista o de las pervivencias del sentido común conservador, el mundo de los cortes de ruta, los ‘escraches’, las asambleas con poder efectivo de decisión, los delegados con mandato imperativo y revocable, se abrió paso. Y cuando la crisis tocó fondo y el aparato estatal comenzó a ejercer las arbitrariedades más evidentes (corralito y posterior estado de sitio inclusive) estalló la ira popular, con una ‘espontaneidad’ que mostraba las huellas de la dirección consciente de las luchas de la última mitad de los 90’. Primero fue el voto, como multifacética expresión de descontento generalizado, en octubre de 2001. Luego la salida a la calle, la protesta activa y vociferante que terminó con un mandato presidencial, la primera vez que esto ocurre ‘desde abajo’ en la historia argentina.
La acción colectiva, la política de calles, quedó estruendosamente reivindicada en su vigencia y poder destruyendo todas las tesis posmodernas sobre la definitiva ‘espectacularización’ de la política. La democracia de matriz schumpeteriana, construida sobre la pasividad ciudadana, se vio fuertemente sacudida por la demanda generalizada de democracia efectiva, y por la consigna imprecisa pero contundente: ‘que se vayan todos’.
El 20 no fue un momento aislado, un ‘estallido’, fue un punto de llegada, a la vez que de partida. Pero es cierto que los elevados niveles de movilización alcanzados en la primera mitad de 2002 sufrieron un reflujo. Y que éste se desenvolvió en tres tiempos. El primero, marcado por una remisión ‘natural’ de una movilización permanente y múltiple, difícil de mantener por mucho tiempo. Luego, los logros del gobierno Duhalde en cuanto a capear los ribetes más agudos y escandalosos de la crisis (Plan Jefes y Jefas, paulatina salida del ‘corralito’, pesificación asimétrica y freno a la inflación, etc.). Y finalmente la sutura institucional de la crisis que luego de un proceso electoral por demás irregular, derivó en el fracaso tanto de la alternativa abstencionista como de las propuestas de concurrencia de la izquierda, y en la instauración del gobierno Kirchner, lanzado rápidamente a gestos progresistas que lo legitimaran como representante de una ‘nueva política’ diferente de la de sus antecesores, luego de su más que tortuosa elección.
Por cierto que la falta de una propuesta alternativa a la ‘normalización’ propulsada desde arriba, y la repetición de viejos vicios a partir de no captar la existencia de una situación cualitativamente nueva (o de interpretarla con cánones gastados), contribuyeron al retroceso, pero no lo ocasionaron por sí solas.
El gobierno actual, y en general todos los sectores medianamente lúcidos de las clases dominantes, saben que no pueden incurrir impunemente en las viejas prácticas, que tienen que dar respuestas que permitan cooptar o neutralizar sectores críticos, sin colocar la represión en el primer lugar. De ahí los gestos fuertes frente al FMI, el ataque contra determinadas esferas estatales señaladas por todos como corruptas (Corte Suprema, policía, PAMI). Y también la idea de cooptar a un sector del movimiento social para el apoyo al gobierno. Dentro del gobiernos unos tratan de reactivar la movilización sindical, como el ministro de Trabajo, con la idea de disputarle la calle a las organizaciones de desocupados. Otros dedican amplios afanes a cooptar grupos piqueteros para las políticas del gobierno, con victorias pírricas como el entusiasta apoyo de Luis D’Elía, con un discurso cada vez más desbocado en dirección a un macartismo que no conviene al propio gobierno. Cuando no, tratan de crear nuevos grupos, directamente orientados al apoyo al gobierno.
Pero la mala noticia para el poder es que, mas allá del reflujo y la fragmentación, las organizaciones de trabajadores desocupados y el arco contestatario que los acompaña insisten, en su gran mayoría, en la tesitura de lucha y movilización. Y que, en un cuadro político partidario que sigue desarticulado, al menos en todo lo que está fuera de las fronteras del partido de gobierno, la oposición más visible y activa son, precisamente, los piqueteros. Los que con sus luchas erosionaron a Menem, derribaron a de la Rúa, y condujeron a Duhalde al llamado a elecciones anticipado. Los que recuerdan con su sola presencia que la desocupación y la pobreza siguen allí, en los mismos niveles catastróficos que desataron la crisis. Son los que le ganaron las calles a las organizaciones sindicales burocráticas y a los partidos sistémicos. Y todo eso preocupa a los grandes grupos económicos, a los medios masivos de comunicación, y a los analistas políticos del establishment, incluyendo entre estos últimos a los ‘encuestólogos’ que se encargan de demostrar cuán amplio e intenso es el repudio de ‘la gente’ (el nombre convencional que se da a la opinión común que reflejan los sondeos de opinión) a cortes de calles y rutas. Y por supuesto al gobierno, que, al no encarar una política realmente distinta desde la base a la de los últimos quince años, escucha las sugestiones de los poderosos, si bien las ‘filtra’ para no perder coherencia discursiva y credibilidad. Así, mientras sectores de la gran empresa y la prensa de derecha pedía represión sin más en los últimos meses, el gobierno coqueteó con esa idea, para terminar haciendo profesión de fe ‘dialoguista’. Pero el diálogo no es general ni igualitario. Dice privilegiar a ‘los que no hacen política’ (es decir la que no sea compatible con la del gobierno), a los que no están vinculados a partidos de la ‘izquierda tradicional’. Traducido, ofrece concesiones y espacios de poder subordinados pero efectivos a los que se amolden por lo menos a las líneas generales de la política gubernamental, y críticas, aislamiento político y negación de favores para los que persistan en ser opositores, en no conformarse con el progresismo realmente existente. Y se sabe, ‘hacer política’ es el nombre que se da desde arriba al intento de encarar la transformación real de la sociedad, por fuera de los aparatos destinados a reproducir sus injusticias.
Debería estar claro que el gobierno de K. no encarna la realización de los ideales del 19 y 20 de diciembre. Le quita la concesión del correo al empresario Macri..., pero se aclara en seguida que se volverá a privatizarlo lo más rápido posible, se propone una fuerte quita a los acreedores privados..., mientras se le garantiza el pago completo al Fondo Monetario; se asumen las denuncias de sobornos en la ley de flexibilización laboral... y se desalientan las iniciativas tendientes a dejar sin efecto esa norma avasalladora de salarios y condiciones de trabajo...
Su construcción política sigue descansando sobre las prácticas de acumulación de poder en el vértice. Su proyecto económico tiene más que ver con los intereses de sectores del gran capital que se benefician de la reversión de ciertos aspectos del llamado ‘modelo neoliberal’, como la apertura económica indiscriminada o el privilegio absoluto al pago de la deuda, que con las mayorías perjudicadas por éste en sus posibilidades de trabajo y subsistencia. Sus políticas sociales no superan en nada decisivo a la instauración de planes de asistencia que nunca terminan de universalizarse... Pero también debería estar claro que el gobierno K. no es la simple continuidad del ciclo anterior, y que algunas orientaciones de su política han generado expectativas favorables en sectores sociales muy amplios. Levantar hoy la consigna "Fuera Kirchner" carece de oportunidad y sentido, ya que suena a repetición mecánica de recetas invariables frente a situaciones diferentes, y aparece faltándole el respeto, no al gobierno, lo que no sería de objetar, sino a la mayoría que, por ahora, lo mira con esperanza.
El 20 de diciembre de 2003 y las perspectivas futuras
Hubo cuatro actos el 20 de diciembre, más uno el día anterior. En los motivos de la división inciden discrepancias fundamentales, como la que mantiene la mayoría de las expresiones del movimiento contra el oficialismo de cruzada y el discurso macartista del máximo dirigente del FTV;
[1] pero también la escasa predisposición y aptitud a alcanzar acuerdos y compartir espacios que suele acompañar a la izquierda vernácula, tanto partidaria como ‘movimientista’, a la dificultad de pensar en política de alianza sin los cálculos mezquinos aprendidos hasta la exacerbación de la cultura política dominante. El acto más numeroso y ‘unitario’ en cuánto al número y diversidad de organizaciones que agrupó tuvo más de treinta (sic) oradores. A simple vista, mas yuxtaposición que suma, más amontonamiento que unidad real en la acción. Y para el ‘no iniciado’ en las infinitas particiones y disputas, la imagen de confusión que puede terminar alejándolo hacia el desencanto o la apatía.
Volvió a quedar claro, con más contundencia que otras veces, que a la hora de la movilización, el mayor número de planes de la FTV y la Corriente
[2] no se traduce en gente en la calle. Las posiciones menos transigentes siguen manteniendo una militancia numerosa y entusiasta. Pero esto no contrarresta la fragmentación creciente, la ruptura al interior de una agrupación tras otra (MTD Aníbal Verón, Teresa Rodríguez[3] entre las últimas que sufrieron particiones), la imposibilidad de percibirse en la práctica como integrando un mismo movimiento, aun en la diversidad y el debate.
En todo caso habría que contrarrestar la tendencia a que el movimiento se divida en nombre de la cercanía o no con el gobierno, sin que esto incluya a los que se vuelquen abiertamente al oficialismo, lo que les quita cabida en un espacio social que hizo de la contestación de la política tradicional una de sus razones de existir. El movimiento configurado no sólo por los piqueteros sino por las asambleas populares, las fábricas recuperadas, los espacios de comunicación, arte y cultura generados en torno a la crisis, sustenta aspiraciones mucho más radicales que los gestos que ha propuesto el presidente Kirchner para marcar una nueva etapa respecto de sus antecesores. En primer lugar, la de autonomía y democracia plena, incompatibles con aceptar una actitud benévola, de apoyo más o menos crítico, con un gobierno que, mas allá de sus gestos progresistas, está plena y cómodamente instalado en las relaciones capitalistas de producción y en la democracia representativa realmente existente. La idea de sanear las instituciones de los casos más aberrantes de corrupción, de poner ‘algunos límites’ al accionar de las grandes empresas, o de discutir con algo más de ‘firmeza’ (a veces más gestual que efectiva) con el FMI y los acreedores externos, no pueden ser ni por asomo un programa satisfactorio para movimientos que aparecieron como un cuestionamiento global a la dirigencia de la sociedad, desde la gran empresa a la dirigencia sindical, pasando, en un lugar muy destacado, por el conjunto de la dirigencia política sistémica. Y que adquieren su razón de ser primigenia de la defensa de amplios sectores de las clases subalternas, empobrecidos y sin trabajo, cuya situación no ha cambiado en absoluto desde la asunción de Kirchner a la fecha. Tomar nota del amplio apoyo al presidente para no chocar contra una muralla de consenso a fuerza de acciones confrontativas a destiempo, es una cosa. Pensar que un puñado de medidas que a duras penas dejan atrás algunos de los costados más retrógrados del llamado ‘neoliberalismo’ constituyen el inicio de una nueva era, de un ‘gobierno popular’, es otra muy distinta.
No vale gritar ‘fuera Kirchner ya’ para tapar la falta de una política autónoma coherente, de una construcción social que aúne radicalidad con manejo de los tiempos y capacidad de acción táctica. Pero mucho menos renunciar a la independencia y a la defensa incondicional de los intereses de las bases, so capa de identificación con quiénes no prometen otra cosa que los todavía hipotéticos beneficios de la recomposición de un fantasmático ‘capitalismo nacional’...
De todas maneras, las clases subalternas tienen en el movimiento piquetero, y en todo lo que subsiste del impulso desbordante de diciembre de 2001, unas armas organizativas, unas fuentes de prácticas creativas y novedosas, que no poseían hace sólo tres o cuatro años atrás. La fragmentación es un obstáculo para los logros de ese movimiento multiforme, pero está lejos de anularlos. La actual, asumido el reflujo, debería ser una etapa de consolidación, de debate, de estrechar lazos con los trabajadores ocupados, el movimiento estudiantil, las organizaciones de capas medias, de cultivo de los aspectos enriquecedores de la diversidad. De lucha para expandir una visión del mundo diferente, que parta del reclamo firme e impostergable de la mejora de las condiciones de vida de los sumergidos, para lo cual no caben esperas ni paciencias... Y de ninguna tolerancia hacia los escarceos discursivos que facilitan el clima para violencias bien reales, como la bomba que estalló en Plaza de Mayo el día 20.
Buenos Aires, 24/12/03



[1] El antes mencionado D’Elía, máximo dirigente de la Federación de Tierra y Vivienda, organización integrada a la Central Unica de Trabajadores (CTA).
[2] Es la denominación coloquial que se le da a la Corriente Clasista y Combativa (CCC), originalmente una corriente sindical de orientación antiburocrática, luego volcada primordialmente al movimiento de desocupados. Está vinculada al Partido Comunista Revolucionario, de orientación maoísta.
[3] Los MTD "Aníbal Verón" y el Movimiento Teresa Rodríguez fueron parte de lo que a veces se denomina ‘corriente autónoma’ de los piqueteros, en cuánto que no dependen de partidos políticos o centrales sindicales, y colocan en un lugar destacado la democracia de base y la superación de modelos verticalistas y jerarquizados de organización, así como de los liderazgos caudillistas.